1.3.12

132.

El arte del juego radica en el aprendizaje y en el engaño. Puede incluso que en el aprender a engañar. Uno se apodera de las cartas, contrasta las posibilidades y planea el efecto de sus movimientos. Al mismo tiempo, los ojos se clavan en las jugadas ajenas sin poder evitar el recorrer la totalidad de los rostros vecinos, sus rasgos, los detallados cambios que en ellos se producen, alrededor de uno mismo. Los más aventajados siempre sacan un tema de conversación trivial, banal a veces. Hacen preguntas empáticas o explotan su encanto y don de gentes al máximo. Los más gachos solo asienten o niegan, individualizando todos y cada uno de sus acciones para no caer en ninguna de las trampas oculares que, de manera invisible, forjan los diversos invitados. Son muchas las veces las que la capacidad de fingir un estado de ánimo proveniente de una buena o mala mano consigue llevar al estrellato a su protagonista mas, otras veces, los jugadores optan por la segunda vía: la del aprendizaje. El estudio cronológico de cómo abandonar el juego a tiempo y dejar que, los demás, sigan su curso.

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