7.3.12

133.

Cerré los ojos con una intensidad tan grande que la impresión de que no podría abrirlos de nuevo recorrió todo mi cuerpo. Estaba completamente harto de escucharte todo el día reprochándome movimientos y miradas que realizaba por costumbre sin ningún tipo de malicia, culpándome de todos tus problemas e, incluso, cayendo en la rutina de creerte una de las mejores actrices neoyorquinas en sus roles de víctimas. Sinceramente, no pretendía hacerte ningún daño pero si así fue, tampoco me arrepiento. Cerré mi puño derecho, apretando los dedos en el interior con una fuerza superior a la que estaban ejerciendo mis parpados en ese momento, como siempre hacía al enfadarme. Aguanté a que terminases de argumentar todas y cada una de las razones que te hacían dejarme, tu a mí, y no he de negar que muchas fueron las veces que, in medias res de tu discurso filosófico, estuve a nada de cerrar la puerta tras de mi al salir. De todas formas, lo soporté y esperé a que acabases para explicarte todo aquello que corría de mi cuenta, tranquilizarme hasta lograr estirar la mano diestra al completo y desearte buena suerte en tu nuevo camino. Ahora, ya en la calle, solo puedo pensar en aquellos que desconocen lo que realmente acaba de pasar entre nosotros. Sí, pobres ellos, que no saben lo que acaba de lanzarse al mercado.

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