12.3.12

134.

Ahora que todo había pasado, que estaba ya todo frío y la situación, olvidada, no tenía vuelta a atrás, se decidió a acercarse nuevamente a su rincón. Era, con diferencia, el sitio de la ciudad más olvidado por todos los que perdían el tiempo entre semáforos y callejones y, sin embargo, guardaba los mayores secretos de todas las personas que ignoraban su existencia.
Desde allí se podía contemplar todo. Absolutamente todo.
De todas las ubicaciones posibles, escogió aquel pequeño trocito de tierra desde donde había descubierto el primer enigma oculto y, desde un principio, los recuerdos de todas las situaciones allí vividas recorrieron la totalidad del espacio. Físico y mental.
Por increíble que pareciese, y por mucho que odiase aquellas cuatro paredes empedradas de la metrópoli, tenía que admitir que, en el fondo, aquel lugar la fascinaba. Seguramente de ahí radicaba su egoísmo hacia el mismo y sus negativas a mostrárselo al resto de seres vivientes. Lo que conllevaba dicho paraje era mejor que cualquier cosa. Incomparable.
La paz y tranquilidad que le transmitía la soledad del lugar estaba siendo interrumpida por la despedida inoportuna de la luz del sol. Se estaba poniendo, ya, por la dirección en la que el agua corría. Con esa ínfima luz y la música recordatoria de fondo, vino a su mente.
Probablemente el ya hubiese compartido su secreto con otra. Con muchas otras. O tal vez, quizás cumpliese con su palabra. No podía saberlo.
La despedida lumínica era cada vez más rápida y el frío de la hierba incitaba, obligaba, a echar las manos a la cazadora.
-¿Tienes frío?
-No mucho
-Ya claro, venga vámonos pues
Se acordó de aquel último diálogo compartido en su rincón. En su pequeño lugar.
Los recuerdos estaban proyectándose cada vez con más fuerza, más creíbles y, como esta vez no estaba el para poner en marcha la vuelta a casa, ella decidió seguir recordando de camino.

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