30.4.12

146.

-¿No ha llegado ninguna para mi?
-No, que yo viera no. Espera que bajo a comprobarlo
-No se moleste que ya salía. De paso que bajo ya lo compruebo yo pero muchas gracias

Siempre cogía el ascensor, pues bajar andando desde un noveno no era plato de buen gusto para nadie a las ocho de la mañana, mas esa vez decidió alargar su tortura y contar, concienzudamente, cada uno de los peldaños del edificio.
Doscientos tres y doscientos cuatro. Los buzones estaban ya a menos de metro y medio. Se acercó rápido y con decisión, echo la mano a la cartera y se dio cuenta. Las llaves habían quedado sobre la mesa, en el cenicero. La pereza pudo más, un día de trabajo le haría olvidar el resultado de la esperada carta.

29.4.12

145.

Reaccionó tal y como nadie esperaba que lo hiciese: bien. Un cordial saludo seguido de una conversación dialogada, al más puro estilo esperpéntico.

-¿Qué tal? Cuanto tiempo...
-Si ¿verdad? Yo muy bien y ¿tu qué? ¿Todo igual que siempre?
-Si, sin cambios aparentes ¿no se nota?

Unas risas entrecortadas circulaban entrelineas. A veces, la confianza brillaba por su ausencia y faltaban las repelentes palmaditas amistosas en el brazo izquierdo. De lejos, no se podría decir a ciencia cierta cual de los dos parecía menos afectado. Tal vez ambos por igual, tal vez ninguno.

-¿El trabajo?
-Lo he conseguido. El proyecto valió la pena

Su cara dibujó una sonrisa. Amplia. Tímida. Mientras pasaban los segundos de espera entre una respuesta y la siguiente, recordó la tarde que se subieron a aquel viejo catamarán. Fuera en el recorrido de vuelta cuando le propusiera el irse a vivir juntos. Luego, tres semanas más tarde, sobre el forro plastificado del recién estrenado sofá, empezaban una tormenta de ideas con el fin de dar con la mejor propuesta al tema de su proyecto.

-Al final, el color marrón del sillón fue una muy buena elección

Las sonrisas volvieron a compartirse y ya no hizo falta ningún otro tipo de respuesta para reforzar el sí. El diálogo ya no fluía tanto y, aparentemente, la despedida estaba cerca.

-Una bonita parada en el camino
-Vaya, estás aquí

Apareció el tercero en discordia. El si fue quien de darle la asquerosa palmadita pero no el brazo si no en el costado.

-Ah, te presento. Ángel, este es Luis. Luis, Ángel.

Un par de “encantado” y “un placer conocerte” fueron suficientes. Y, he aquí, su buena reacción.

-Bueno chicos, me voy que en nada ya zarpa el catamarán nuevamente. Espero que tengáis un buen viaje.
-Si, igualmente. Nos vemos

El tono no acompañaba sarcasmo, tampoco sarna o rencor. No se presenciaban celos ni tristeza.
Luis y el se marchaban andando por el paseo marítimo, a lo lejos. Ángel se montaba en el viejo barco.

18.4.12

144.

-¿Alguien viene?

Los cuerpos lagartinos, cubiertos por una capa lumínica generada por una mezcla de partículas cancerígenas y crema solar, tampoco abrieron la boca esta vez. Tumbados, boca arriba y bocabajo, permanecieron en silencio mientras Héctor se alejaba, prolongando su sentencia.

-Vale, pues me voy solo entonces

De camino, reflexionó. Entendía que nadie quisiese mover ni un sólo músculo de su cuerpo, el día estaba en el mejor momento para no hacer absolutamente nada y disfrutar de la soledad y el autismo personal. De todas formas, su invitación seguía en pie pues sabía que alguno de aquellos reptiles acabaría moviendo sus escamosas extremidades hacía el lugar donde sus amigos los anfibios se encuentran mejor. Introdujo un pie, por eso de comprobar si realmente la elección que había hecho merecía la pena, y luego retrocedió cuatro pasos. Observó con calma todo aquello que lo rodeaba, sin inmutarse: niños, ancianas, sombrillas, piraguas, boyas y rocas, castillos de arena, cubos y palas, pelotas empujadas por el viento, padres que nadando de forma desesperada para recuperarlos...
Permaneció quieto, callado, sabía que ya no faltaba prácticamente nada para el momento del reencuentro. A su lado, un pequeño hacía carreras sin sentido: del mar a la orilla y de la orilla al mar. ¿Su misión? Llenar un gran hoyo, hecho en la arena, con la poca cantidad de agua salada que el cubo de superhéroes, que sujetaba, le permitía. Su desesperación por llenar la fosa se notaba a metros de distancia, sólo mirándolo a los los ojos. Era tal que, a veces, incluso ni se fijaba en si, al bajar el brazo para llenar el recipiente, este se llenaba o no. La carrera y el fin pretendido valía más. De repente, la velocidad pudo más que él y que su equilibrio. El niño, al querer volcar el pequeño cubo sobre el arenoso agujero, asomó su pie derecho demasiado. Calló. El agua se desplomó. El derrumbamiento del borde del agujero fue inminente.
Así, arrodillado en la arena mojada, el pequeño suspiró. Su mirada permanecía clavada en el interior de los superhéroes. En ese mismo momento, Héctor hacía lo mismo, pensando en que el tiempo ya se había agotado. Acertó. Aún mirando al niño, sintió una mano en el hombro.

-¿Qué? ¿Entonces nos metemos o no?

La miró, pues sabía que era ella, y le regaló una mirada llena de ironía y desafío.

-¿Eso es un si?

Su hermana pequeña se echó a correr hacía el interior del mar y desapareció, de cabeza, entre el rastro espumoso que dejaba su zambullida. Héctor, sabiendo que una vez más ella pretendía salirse con la suya, acarició la mojada cabellera del niño, aun defraudado con su labor, y tomó la misma dirección. Antes de introducirse en el agua no pensó en nada mas, justo en el momento en el que su cabeza tomó contacto con lo acuoso, decidió proponerle algo a su hermana.

-Los había visto más rápidos, hermanito
-Si, la rapidez nos va a hacer falta si...

Desde el interior de aquella inmensidad que cubría la mayor parte de sus cuerpos, ella se lo notó.

-Lo sé. Tenemos un agujero que reconstruir. Y llenar de agua claro.

16.4.12

143.

La acompañó hasta el portal del edificio pero, llegadas allí, le pareció poco. Los bultos atrofiaban las manos de cualquiera y ella ya no tenía apenas espacio en sus manos dónde colgar el resto de bolsas que faltaban. De todos modos, al verla pelearse, conjuntamente, con la maleta más grande y las escaleras (intentando localizar las llaves de acceso al bloque entre la profunda marea de cosas sin sentido que guardaba en su bolso) no pudo resistirse a ayudarla con las pocas cosas que quedaban, ya, en el lado más habitado de la acera. Mientras jugaba al tetris con sus extremidades, levantó la mirada a cuatro metros de ella y vio como, aún con todas las ganas del mundo de gritar de rabia ante su desesperante e infructuosa búsqueda, la invitaba a compartir la mirada más tierna de la ciudad. Del día.
Pensó que no era suficiente y su mima ayuda sirvió del portal a la entrada del ascensor. No sin esfuerzo, no sin hacerse daño en los dedos. La dejó pasar delante, pues ella debía abandonar el piso ya, y le dio instrucciones (al estilo amable) de cómo conseguir la máxima rapidez y comodidad. Tal vez sin darse cuenta, había vuelto a años atrás, a cuándo si eran necesarias todas esas palmaditas en la espalda y cuidados, sobre-cuidados, muchas veces innecesarios.
Una vez acabada la faena se despidieron como buenamente pudieron: una a un lado de la puerta del ascensor, la otra al otro. La llamada telefónica no había de tardar mucho.

12.4.12

142.

Lo importante no es el número de veces que la pelota entra por el aro de la canasta sino aquel que contabiliza los tiros que terminan errados. En el suelo.
No por seguir el dicho de que lo importante de la caída es el levantarse sino porque cada fallo a canasta es el recuerdo de una lección aprendida. Pero guardada ya en el cajón de lo olvidado. aparentemente.

- ¿Qué se supone que debo hacer?
- Pues decir la verdad.
- Sabes que eso...
- Si, eso será un golpe duro pero ya sabías que iba a pasar ¿no?

Porque, de una forma o de otra, cuando alguien actúa sabe siempre lo que va a pasar. Sí, quizás no lo conoce a ciencia cierta pero, en un ínfimo segundo, nuestro acto refleja sus posibles efectos en el espejo de la mente. En la esquina donde está lo que, en algún momento de nuestra existencia, aprendimos. Junto a lo que amontonamos para reciclar.

11.4.12

141.

Aún no lo sabía pero aquella era la última vez que compartirían cama. Lo estaban viviendo como nunca, o como siempre. Había miedo, enfado, sonrisas, pasión, rabia... pero carecían de sentimiento. Bueno, mejor dicho: carecía de sentimiento. El tiempo compartido no era mucho, por lo que era normal que sus encuentros fugaces duraran lo que la luna en ponerse. Al día siguiente los pares de palabras no eran encubiertos pero tampoco afloraban como la espuma de la marea veraniega. Apartó el resto de ropa de cama y recogió simplemente la fina sábana que le había, escasos minutos antes, ayudado a colocar sobre el colchón. Los zapatos gritaban desde el pasillo, las chaquetas se conformaban con un pequeño hueco en la ducha y, tímidamente, una camiseta observaba en silencio el panorama. Desde la silla del escritorio.

-¿A qué estás jugando? ¿A los niños de campamento?

Simplemente le regaló una mueca demasiado graciosa como para no soltar una muda carcajada. Luego, cubrió la totalidad del colchón con la tela que había recogido minutos atrás. Desde el interior solo se veían mutuamente, una pena para la camiseta de la silla. Empezaba a gustarle lo que estaba contemplando.

5.4.12

140.

-A ver, no puede ser tan difícil ¿no me ves capaz, en serio?
-Hombre... no se. Yo creo que no podría pero igual tu si
-Joder, es acostumbrarse. Es solo acostumbrarse, no puede ser tan complicado
-¿Acostumbrarse solo? ¿A qué? Me da que estamos hablando de cosas muy distintas
-No, para nada. Seguimos hablando del mismo tema con el que iniciamos esta conversación, por lo menos por mi parte
-Vale, y referente a todo lo que me has dicho ¿tu solución es la fuerza de la costumbre?
-Claro. Nadie me ha pedido nada, al igual que yo tampoco lo he hecho, pero se supone que yo tengo que aceptar ciertas cosas y que lo mismo han de hacer con mi persona
-Sigo diciendo que yo no sería capaz
-Bueno, pues yo si me veo con la suficiente personalidad como para afrontarlo. Un día eres tu y al otro soy yo... Esa es la clave
-¿Y puede saberse por qué no puede ser un ambos en vez de un tu y un yo?
-Si se puede. Vamos, si se podrá

2.4.12

139.

Se suponía que eras tu el que tenía que enseñarme lo bueno y malo de la vida, del comportamiento humano, y, más que nunca, pongo muy en duda que tengas algo de conocimiento sobre el tema. Es más, dudo mucho que seas humano pero, lo mejor, es que ya no me afecta.