16.4.12

143.

La acompañó hasta el portal del edificio pero, llegadas allí, le pareció poco. Los bultos atrofiaban las manos de cualquiera y ella ya no tenía apenas espacio en sus manos dónde colgar el resto de bolsas que faltaban. De todos modos, al verla pelearse, conjuntamente, con la maleta más grande y las escaleras (intentando localizar las llaves de acceso al bloque entre la profunda marea de cosas sin sentido que guardaba en su bolso) no pudo resistirse a ayudarla con las pocas cosas que quedaban, ya, en el lado más habitado de la acera. Mientras jugaba al tetris con sus extremidades, levantó la mirada a cuatro metros de ella y vio como, aún con todas las ganas del mundo de gritar de rabia ante su desesperante e infructuosa búsqueda, la invitaba a compartir la mirada más tierna de la ciudad. Del día.
Pensó que no era suficiente y su mima ayuda sirvió del portal a la entrada del ascensor. No sin esfuerzo, no sin hacerse daño en los dedos. La dejó pasar delante, pues ella debía abandonar el piso ya, y le dio instrucciones (al estilo amable) de cómo conseguir la máxima rapidez y comodidad. Tal vez sin darse cuenta, había vuelto a años atrás, a cuándo si eran necesarias todas esas palmaditas en la espalda y cuidados, sobre-cuidados, muchas veces innecesarios.
Una vez acabada la faena se despidieron como buenamente pudieron: una a un lado de la puerta del ascensor, la otra al otro. La llamada telefónica no había de tardar mucho.

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