18.4.12

144.

-¿Alguien viene?

Los cuerpos lagartinos, cubiertos por una capa lumínica generada por una mezcla de partículas cancerígenas y crema solar, tampoco abrieron la boca esta vez. Tumbados, boca arriba y bocabajo, permanecieron en silencio mientras Héctor se alejaba, prolongando su sentencia.

-Vale, pues me voy solo entonces

De camino, reflexionó. Entendía que nadie quisiese mover ni un sólo músculo de su cuerpo, el día estaba en el mejor momento para no hacer absolutamente nada y disfrutar de la soledad y el autismo personal. De todas formas, su invitación seguía en pie pues sabía que alguno de aquellos reptiles acabaría moviendo sus escamosas extremidades hacía el lugar donde sus amigos los anfibios se encuentran mejor. Introdujo un pie, por eso de comprobar si realmente la elección que había hecho merecía la pena, y luego retrocedió cuatro pasos. Observó con calma todo aquello que lo rodeaba, sin inmutarse: niños, ancianas, sombrillas, piraguas, boyas y rocas, castillos de arena, cubos y palas, pelotas empujadas por el viento, padres que nadando de forma desesperada para recuperarlos...
Permaneció quieto, callado, sabía que ya no faltaba prácticamente nada para el momento del reencuentro. A su lado, un pequeño hacía carreras sin sentido: del mar a la orilla y de la orilla al mar. ¿Su misión? Llenar un gran hoyo, hecho en la arena, con la poca cantidad de agua salada que el cubo de superhéroes, que sujetaba, le permitía. Su desesperación por llenar la fosa se notaba a metros de distancia, sólo mirándolo a los los ojos. Era tal que, a veces, incluso ni se fijaba en si, al bajar el brazo para llenar el recipiente, este se llenaba o no. La carrera y el fin pretendido valía más. De repente, la velocidad pudo más que él y que su equilibrio. El niño, al querer volcar el pequeño cubo sobre el arenoso agujero, asomó su pie derecho demasiado. Calló. El agua se desplomó. El derrumbamiento del borde del agujero fue inminente.
Así, arrodillado en la arena mojada, el pequeño suspiró. Su mirada permanecía clavada en el interior de los superhéroes. En ese mismo momento, Héctor hacía lo mismo, pensando en que el tiempo ya se había agotado. Acertó. Aún mirando al niño, sintió una mano en el hombro.

-¿Qué? ¿Entonces nos metemos o no?

La miró, pues sabía que era ella, y le regaló una mirada llena de ironía y desafío.

-¿Eso es un si?

Su hermana pequeña se echó a correr hacía el interior del mar y desapareció, de cabeza, entre el rastro espumoso que dejaba su zambullida. Héctor, sabiendo que una vez más ella pretendía salirse con la suya, acarició la mojada cabellera del niño, aun defraudado con su labor, y tomó la misma dirección. Antes de introducirse en el agua no pensó en nada mas, justo en el momento en el que su cabeza tomó contacto con lo acuoso, decidió proponerle algo a su hermana.

-Los había visto más rápidos, hermanito
-Si, la rapidez nos va a hacer falta si...

Desde el interior de aquella inmensidad que cubría la mayor parte de sus cuerpos, ella se lo notó.

-Lo sé. Tenemos un agujero que reconstruir. Y llenar de agua claro.

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