30.5.12

161.

¿Cuantas veces te has preguntado cuál es tu propósito final?
Puede que seas la persona que, algún día, cambie el mundo. Alguien que aparezca en los libros de Historia en un futuro próximo, dentro de cuarenta años; que escribas eses libros o que quizás los robes en cualquiera tienda de barrio. Pero dime, ¿cuál sería el que te gustaría ser? Te gustaría ser el conocido, el reconocido, el ignorado o el desapercibido. Colarte en la cola del cine, irte sin pagar corriendo del bar más caro de la ciudad o pintar un cuadro de la torre Eiffel. Acompañar a alguien en su viaje, hacer el tuyo propio o, incluso, ser tu el viaje en sí. Realizarte, realizar o ser realizado. Se puede ser tanto y no ser nada. Saberlo todo sabiendo nada y quedarse en nada teniéndolo todo.

29.5.12

160.

-Me hubiese gustado que fueras el primero
-Y a mí que tu la última

Nadie sabe cuantos fueron los silenciosos minutos que transcurrieron tras este intercambio de sinceridad. Realmente, a el le sirvieron para masticar y entender la declaración de intenciones que ella le acababa de brindar. A ella, por el contrario, para caer de una vez por todas en la cuenta de que, antes que nada, el llevaba la verdad por delante.
Para ser honestos, hay que reconocer que hubiesen podido hacer como normalmente optaban por hacerlo: dejar el tiempo pasar, entre la noche y el día, para despedirse con total naturalidad a la hora establecida. Esa vez no fue así. Tal vez por madurez, seguramente por cansancio.
Ninguno estaba perdiendo más tampoco había un ganador. De todas formas, lo que si hubo fue una reacción inteligente: la de él, en este caso. La miró, como ya había aprendido a hacer, y no hizo falta que dijese nada.

-Si

A la vez que pronunciaba la respuesta afirmativa, ella se levantó y recogió su ropa. No subió la persiana de la habitación porque sabia que le molestaría a él, a sus ojos acostumbrados a la nocturnidad. Optó por no calzarse y transportar las viejas sandalias azules en la mano hasta la salida.
Alcanzó el pomo de la puerta y la mirada de él, aún desde el colchón. No lo miró de una forma rara ni especial, pues a ella no le había dado tiempo a aprender a hacerlo como si lo había logrado el, pero le regaló una última sonrisa al cruzar la puerta de la habitación.
Seguramente no se volverían a cruzar pero el consuelo radicaba en el haberse regalado, al final, aquello que a cada uno le gustaba del otro.
A ella la sonrisa de él. A el la mirada de ella.

28.5.12

159.

Se presentó como si nada en su despacho. No le hizo falta ni que María, su fiel, sexy y provocativa secretaria, le diese paso o que Alberto, el de administración, se lo informase antes por correo electrónico. La verdad, es que en el momento en el que empujaba la puerta para entrar aún no podía explicarse el porqué de su arrebato. Llevaba tiempo pensándolo más nunca se había decidido a hacerlo. El desgaste, tanto por fuera como por dentro, de aquella planta acabaría llegando al borde de su paciencia y petando en la puerta del almacén de sus nervios. Era el "padrenuestro" que se repetía cada mañana al verle la cara. A él.
Ese día el café estaba frío, muy frío, congelado. No quedaban azucarillos en la cesta y la radio había dicho, hacía escasos minutos, que las precipitaciones serían acompañadas por fuertes vientos a partir de las cinco de la tarde. Sabiendo esto, no esperó más para hacerlo, pues todas ellas parecían señales a su favor.
Un empujón, no hicieron falta los saludos. Cuatro pasos, un sorteo a los sillones para los invitados y un golpe seco de papeles sobre la mesa. Al final de la misma, justo delante de su mirada, una carpeta con la pegatina que lo anunciaba todo: RENUNCIO.
Tan solo quedaban ya tres horas para que pudiese tomar un capuccino, bien caliente, en su bar favorito. El del puerto. Viendo llover, comos siempre acostumbraba a hacerlo.
Por el momento, las agujas del reloj marcaban ya la hora de comer.

27.5.12

158.

De entre todos los que lo podrían haber hecho, fue el menos esperado el que, finalmente, lo hizo: el chico callado del asiento de la derecha.
Sentado discretamente al lado de la ventana parecía que ni siquiera los del otro lado del cristal pudiesen verlo.
Las tonalidades de su ropa, ese día, eran gamas azules. Del más oscuro hasta el más claro, algo bastante raro en él, que estaba acostumbrado a sorprender a todos los de su alrededor con el frío y apático color negro. Todos los días. No le cansaba y se había consagrado ya la fama de ser una parte esencial y definitoria de su propia persona pero hoy parecía ser distinto. Tal vez el sol de la mañana lo había animado a cambiar de hábitos. Tal vez el mismo sol, pero ya bien entrada la tarde, era la razón que lo estaba incitando ahora a dejar de seguir las líneas del grueso libro que sujetaba con su mano izquierda, para mirarla de reojo. No lo hacía de forma descarada, pese a tener la seguridad de que nadie habría caído en la cuenta de que lo estaba haciendo, pero tampoco con demasiado disimulo. Al fin y al cabo, parecía que la seguridad que le aportaba su invisibilidad latente a cuatro metros de diámetro hacía efecto en los actos que estaba empezando a llevar a cabo. Como un nuevo ser, formado por sí mismo.
Ella era una más de entre todas las chicas que viajaban en dicho transporte esa tarde pero, ¿que se le iba a hacer?, era la que le había tocado al lado.
Por suerte o por desgracia, el autobús iba lleno.

24.5.12

157.

-¿Para quién va a ser?

Las mismas manos diminutas que, en poco tiempo habían pasado el libro sobre la mesa, se impulsaron para alcanzar a ver su fuente emisora.

-¿Para quién va a ser papá?

El, grandioso tras llevar ya más de cien ejemplares firmados a lo largo de la tarde, levantó por primera vez los ojos del papel -alejándose de la pluma- y volvió a repetir:

-¿Para quién va a ser?

La pequeña, con el ceño fruncido más de lo que habituaba a ofrecerle antes de enfadarse de verdad con el, se quedó quieta esperando una respuesta positiva, e interior, por parte de él.

-¡Ah! ¡Perdona cariño no te había visto!

La niña sólo tuvo que levantar la vista, de manera indiferente, sin mover el resto de su rostro, para que su padre soltase lo que tanto tiempo había aguantado: la sonrisa verdadera de la firma.

-Para la peque de papá ¿Está bien así? ¿Te gusta o lo cambiamos?
-No me convence mucho pero podemos discutirlo en casa

La niña, temerosa de incumplir el ritmo de la fila, recogió de puntillas su libro y, guiñándole tímidamente un ojo al protagonista, se escapó corriendo.

-¡No llegues tarde papá!

22.5.12

156.

Es algo así cómo cuando te quedabas mirándome sin importarte el tiempo que pasase. Ahora has caído ya en la cuenta de que era una pérdida de posibles momentos por vivir y has recapacitado. No puedo devolverte los minutos que invertiste en mi, en mi imagen y en la fotografía conformada por mi silueta y un fondo de playa. Me gustaría pero no se hacerlo, no se si tu necesitas que lo haga y, lo que es peor, no sé si yo, de poder, querría hacerlo. Supongo que, por si te alivia, la incomodidad de no volver a tener la posesión de ese tiempo que "perdiste" es directamente proporcional a la que yo tengo por desconocer, aún, el motivo por el cual lo hacías.

21.5.12

155.

Hace tiempo, el que hoy es un gran un hombre me dijo: "No importa lo que se diga de tus actos, pues las personas somos subjetivas, mas lo que si importa, es lo que logres con tus actos que se diga".
A día de hoy, creo que mi declaración de intenciones la he hecho ya en más de una ocasión y de nada me ha servido. No es que las consecuencias no me gusten, o sean contrarias a lo que esperaba que fuese, si no que la causa sigue esperando a su efecto.

-Cuando tenga la total seguridad de ello, te prometo que te avisaré. Seré yo quien de el primer paso.
-¿Y para eso vamos a tener que esperar mucho? ¿Resignándonos a esperar por esperar?
-No puedo asegurarte nada, solo que, pese a que me dolería, también debo prometerte entender que , si para aquel entonces tu hayas encontrado a alguien..., lo entenderé.

He de decir que, aunque en su momento no lo sabemos (o no nos damos cuenta), lo que siempre he oído de que todos los finales son también un comienzo es algo en lo que me gustaría creer. Trabajemos en ellos pues.

17.5.12

154.

Amenazaba con llover. Por el medio de todos los espacios existentes entre las ramas de los árboles se dejaban entrever pedazos de un cielo gris, muy oscuro. La temporada no era la correcta para dicha tonalidad, pues las hojas deberían ser substituidas por una enorme cantidad de flores. Flores que deberían estar atravesando ya sus primeras etapas de crecimiento. Las baldosas de la calle, las pocas que alcanzaba a ver desde la ventana, se teñían de una luz miedosa. Temerosas de ser mojadas en cualquier momento y sin previo aviso. No hacía frío, ni fuera ni en el interior de la casa, pero la temperatura no era para nada agradable al ser que piensa y por lo cual existe. Se palpaba una humedad incómoda en el aire, la misma que provocaba el cansancio de los cuerpos. Cualquier movimiento extreminal quedaba imposibilitado ante tales condiciones meteorológicas. El conjunto era la barrera. Las pocas personas que impedían hacer de las calles una zona deshabitada sujetaban en una de sus manos el utensilio protector de la “que se les iba a caer encima”, apurando el paso por seguridad y dando pasos bajo los soportales por comodidad. Las hojas se agitaban cada vez más y los espacios celestes, que antes las ramas dejaban observar, ahora se encontraban totalmente cubiertos por una densa capa de oscuras nubes. Estaban consiguiendo ganarle al horario, al tiempo. Estaban haciendo que cualquiera mortal necesitase comprobar la hora que marcaba el reloj para cerciorarse de que su impresión, de que ya era más tarde de lo normal, no era la correcta. La noche llegaría de un momento a otro, entre una brisa molesta y una luz estelar inexistente.

Pese a todo, sería un buen día.

15.5.12

153.

Una llamada. Una respuesta. Cuatro minutos de risas y diálogo, entre tanto. Una despedida. Demasiadas prisas para pensar en la vestimenta, el peinado y la ornamentación. Este no, este sí. Una última mirada por la ventana. La comprobación final. Una salida. Un camino, corto pero que semeja largo, a solas. Un punto de encuentro a la vista. Alguien que ya espera. Un nudo en el estómago. Diez metros de separación. Tres nudos en el estómago. Cinco metros de separación. Una sonrisa tenue. Un estómago hecho nudos. Una mano, otra. Dos. Un silencio, no incómodo. Dos amplias sonrisas. Un milímetro de separación. La superación de la vergüenza primeriza. Un beso.

- Hola
- Hola

Una sonrisa mutua. Nueve dedos entrelazados. Un sol espléndido sobre el parque. Decenas de personas alrededor. El inicio de un paseo, también de una conversación. Horas, por delante, de un día que acababa de empezar.

10.5.12

152.

-¡No es justo!
-No empieces a quejarte, te había avisado

Jugaban desde niños a ver quién era el que se rendía primero.

-¿Y si te pego qué?
-Sabes la regla que mantenemos. Tu me das, yo te la devuelvo con la misma fuerza pero multiplicada por tres. Es así

El grande partía, desde el comienzo, con la ventaja de su mayor altura y la potencia de sus piernas. Largas y musculadas. El pequeño tenía a su favor la agilidad de una gacela y el escaso tamaño de su cuerpo, que le permitía esconderse en los sitios más inocurrentes.

-Boh... hoy no me apetece
-Ya claro, porque sabes que te gano
-No. No es eso
-Si, ya... Te creo...

Los vaciles y tonitos desafiantes estaban a la orden del día en cualquiera de los espacios que su casa albergaba. Los reproches, los motivos por los que empezar una batalla de gritos, los “no me toques” y “tu a mi tampoco”.

-No me importa
-Pues a mi menos

8.5.12

151. (Plena confianza + pequenos detalles)

Si, é a primeira vez que o título non fica nun mero numero seguido dun punto. Si, tamén é a primeira vez que me decanto pola nosa lingua, pola miña lingua. Sobre todo, pola túa lingua. Porque non tes outra e porque esto hoxe é, exclusivamente, para ti.

Como na maioría dos discursos cinematográficos, neses nos que un opta por tirar cos pequenos cartonciños, que tanto tempo implican, para liberarse e dicir o que se lle antolla no momento, eu debo admitir que tamén tiña o meu listo para hoxe. Para ser sincera, direi que levaba moito tempo con el redactado, gardándoo para a ocasión perfecta mais, fai un par de noites que, caín na conta de que non me serviría de nada mencionar o xa escrito. Seguramente, o que me empuxou a tomar esta decisión, a “tirar cos cartonciños hollywoodienses” foi ter a certeza de que nunca vas chegar a ler isto. Así, de forma egoísta, eu podo facelo todo máis simple e máis directo.

Hoxe, cúmplense tres anos e sei que é unha auténtica tolería. Pareime a pensalo, a pasada madrugada. É demasiado tempo pero, queira ou non, é o tempo real que tardei en aceptalo. Xa se sabe: uns aprenden antes, a outros cóstalles máis... pero ó final todos acaban descubrindo o mesmo: o desenlace. Agora, xa non só penso niso senón que tamén deixo un oco para analizar que, dentro dunhas cinco horas, cumpriránse trinta e seis meses dende o comezo. Daquela noite pendente do teléfono. Da sorpresa matinal, totalmente increíble. Da choiva, da reivindicación polo uso de transporte público que acabou nunha viaxe en vehículo particular. Das cenas inesperadas, as sorpresas inútiles, da consecución de sorisos no medio de representacións teatrais. Das insistencias por compartir noites de estudio e das túas gafas de sol.

Podería seguir, pois no título deste número 152 xa quedou ben claro que, de entre todas as cousas que podes ser, unha delas é constituír un conxunto de pequenos detalles pero non é o momento nin o lugar de poñerse a enumerar. Non ven a conto botar a ancla pola borda coa finalidade de quedarse quieto nun lugar que xa temos demasiado visto. O obxectivo era recordar, moi por riba, que existíu. Que foi de verdade. E darlle a noraboa ó tempo, unha vez máis, pois el sempre é o que acaba gañando este tipo de partidas.

Chegados a este punto, direi que si, que son pésima escribindo finais. Nunca se me deron ben, do mesmo xeito que son incapaz de debuxar caras, e é por este motivo polo que non o vou intentar tampouco esta vez. Ademais, sabemos que isto non é un final, pois o tempo anota victorias no seu marcador pero sabe que nós non utilizamos os puntos finais nas redaccións. Isto ten un significado máis breve: o peche dun capítulo para ser quen de continuar co seguinte. O libro segue adiante.

Hai moitas cousas que cambiaron, hai moitas outras que de seguro cambiarán e, ainda así, son maioría as que sempre permanecerán iguais, durante moitos máis anos ca estes tres. Nunca cheguei a clarificarche o contido, o motivo e a explicación daquel silencio encriptado polo cal, día e noite, ti, a almofada e eu pelexamos. Daquela vez dixérache que non estabas aínda en disposición de sabelo e que, canto máis insistiras, máis tardaría en informarche. Si, sempre fostes coma un neno pequeno. Pois ben, hei de admitir que levas moitas semanas xa sen queixarte; sen abrir outra vez a ronda de disputas; sen insistir pero non, non por eso cho vou descubrir tampouco neste intre.

O único que me gustaría que soubeses, o único co que me gustaría que te quedaras de todo isto é con que, pese a que non cho podo decir xa na calidade que ti e ela volo decides a día de hoxe... quéroche. Quéroche, e moito.

6.5.12

150.

Se la ató a la espalda y de un salto se lanzó al corto vacío. La mala suerte, acompañada de la lógica, hizo que sus rodillas empezasen a llorar de una forma nunca antes de vista. Las palmas de las manos, aunque no tanto, tampoco quisieron quedarse atrás y, en un grado elevado de estupefacción, quedó inmóvil. Su cara no pretendió generar ningún tipo de mueca. Sus ojos no derramaron ni una sola lágrima. Se tomó su tiempo recordando el por qué había hecho lo que había hecho: los motivos y razones que le habían movido a decidirse por saltar. Volvió en sí, no sonrió al encontrar el origen de su hecho pero si apoyó, ligeramente, los dedos en el suelo (con cuidado de no lastimarse todavía más) y se levantó. Ahora, lo estupefacto pasaba a ser decepción y lástima por uno mismo. Con la cabeza todavía baja, se desató el trozo de tela que le colgaba de la parte trasera de su camiseta y se echó a andar. Aun no sabía a dónde pero el tiempo le sobraba ya.

4.5.12

149.

Llegados nuevamente a este punto de la lección, he de decirles que no es aquí, en aulas como esta, dónde encontrarán las mejores maneras y directrices para formarse como profesionales. Quizás les vaya a arruinar la sucesión de años que han invertido en asistir a mis clases, más he de ser sincero con ustedes, porque se lo merecen: las lecciones que buscan están caminando por la calle.
Aquí podemos mostrarles cómo sería la opción más normal a la hora de actuar en una realidad ficcionada pero, ahora que ya saben la verdad y conocen mi método de enseñanza, díganme ¿quién continúa creyendo en la normalidad del porvenir, hoy en día? No hace falta que levanten las manos, ni mucho menos que se pronuncien -pues tampoco lo han hecho nunca en mi presencia- porque sé que son ustedes hábiles y avispados y que han caído en la cuenta de mi ironía.
Llegados a este punto, como les iba diciendo, tengo que agradecerles su presencia, en algunos casos, y su ausencia en muchos otros. Desearles mucha suerte en sus próximos caminos, pues no dudo que los habrá. ¿Lo dudan ustedes?
Su silencio, como siempre me hace confiar en que no cambiarán sus formas ni sus cometidos. Ni conmigo ni con el resto de salvajes que les esperan a su salida.
Sin más demora, señores y señoras, recojan sus cosas, salgan por esa puerta y comiencen a vivir.
Gracias y ánimo.

3.5.12

148.

Vivía en un película, en una de esas que recogen paisajes, panorámicas y planos fijos de las mejores ciudades del mundo.
Se abre un portal neoyorquino y la calle está completamente sumida por el caos mas la música, clásica como siempre, seguía sonando en sus oídos. Solo para ella. Era, tal cual, su film favorito. Deberían, ahora, sucederse un par de giros en el argumento a lo largo de lo poco que quedaba de día pero, pese a todo, ya conocía el final.
En la parte de atrás de un taxi amarillo, con la pequeña ventanilla plástica corrida para poder hablar directa y cómodamente con el taxista. Jean Jean, tal vez, o John Lien. Las luces de los rascacielos se irían encendiendo paulatinamente, tal como la cámara fuese quien de enfocarlos, pero nadie se pararía a mirar hacia arriba. El poco cielo observable lo tenían ya demasiado visto. El gran monstruo ya no asustaba a nadie, se habían acostumbrado a vivir en un lugar tan grande, tan poblado, tan esquivo, tan...

-Si, aquí es. Gracias. Quédese con el cambio

La 38 con la sexta. A veces, le gustaría saber independizarse de su guión porque sabe que, en el fondo, es solo el decorado cinematográfico lo que posee y no la trama. Tal como a ella le hubiese gustado.

2.5.12

147.

No tardó en llegar...

-¿Ha merecido la pena la espera?
-¿Sinceramente?
-Cómo siempre
-No
-¿No?
-Sabes que no. Es mentira todo, ya lo he notado
-¿De qué hablas?
-Mira esa pared. Llevas mirándola desde el momento en el que me invitaste a pasar
-Entonces ¿ya lo sabes?
-Soy una chica lista
-¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Algo que quieras oír?
-Nada en concreto. Quiero dormirme y desaparecer en cuanto suene el despertador
-Eso es lo que llevas haciendo todos estos meses ¿quieres que siga todo igual?
-No. Te he dicho lo que quiero hacer pero nadie ha hablado de que porque lo haga así esta vez ya se vaya a repetir mañana
-Eres una chica lista
-Y tu demasiado imbécil
-He tirado todo por la borda ¿no?
-Eso parece

... ni tampoco en irse.