6.5.12

150.

Se la ató a la espalda y de un salto se lanzó al corto vacío. La mala suerte, acompañada de la lógica, hizo que sus rodillas empezasen a llorar de una forma nunca antes de vista. Las palmas de las manos, aunque no tanto, tampoco quisieron quedarse atrás y, en un grado elevado de estupefacción, quedó inmóvil. Su cara no pretendió generar ningún tipo de mueca. Sus ojos no derramaron ni una sola lágrima. Se tomó su tiempo recordando el por qué había hecho lo que había hecho: los motivos y razones que le habían movido a decidirse por saltar. Volvió en sí, no sonrió al encontrar el origen de su hecho pero si apoyó, ligeramente, los dedos en el suelo (con cuidado de no lastimarse todavía más) y se levantó. Ahora, lo estupefacto pasaba a ser decepción y lástima por uno mismo. Con la cabeza todavía baja, se desató el trozo de tela que le colgaba de la parte trasera de su camiseta y se echó a andar. Aun no sabía a dónde pero el tiempo le sobraba ya.

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