17.5.12

154.

Amenazaba con llover. Por el medio de todos los espacios existentes entre las ramas de los árboles se dejaban entrever pedazos de un cielo gris, muy oscuro. La temporada no era la correcta para dicha tonalidad, pues las hojas deberían ser substituidas por una enorme cantidad de flores. Flores que deberían estar atravesando ya sus primeras etapas de crecimiento. Las baldosas de la calle, las pocas que alcanzaba a ver desde la ventana, se teñían de una luz miedosa. Temerosas de ser mojadas en cualquier momento y sin previo aviso. No hacía frío, ni fuera ni en el interior de la casa, pero la temperatura no era para nada agradable al ser que piensa y por lo cual existe. Se palpaba una humedad incómoda en el aire, la misma que provocaba el cansancio de los cuerpos. Cualquier movimiento extreminal quedaba imposibilitado ante tales condiciones meteorológicas. El conjunto era la barrera. Las pocas personas que impedían hacer de las calles una zona deshabitada sujetaban en una de sus manos el utensilio protector de la “que se les iba a caer encima”, apurando el paso por seguridad y dando pasos bajo los soportales por comodidad. Las hojas se agitaban cada vez más y los espacios celestes, que antes las ramas dejaban observar, ahora se encontraban totalmente cubiertos por una densa capa de oscuras nubes. Estaban consiguiendo ganarle al horario, al tiempo. Estaban haciendo que cualquiera mortal necesitase comprobar la hora que marcaba el reloj para cerciorarse de que su impresión, de que ya era más tarde de lo normal, no era la correcta. La noche llegaría de un momento a otro, entre una brisa molesta y una luz estelar inexistente.

Pese a todo, sería un buen día.

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