27.5.12

158.

De entre todos los que lo podrían haber hecho, fue el menos esperado el que, finalmente, lo hizo: el chico callado del asiento de la derecha.
Sentado discretamente al lado de la ventana parecía que ni siquiera los del otro lado del cristal pudiesen verlo.
Las tonalidades de su ropa, ese día, eran gamas azules. Del más oscuro hasta el más claro, algo bastante raro en él, que estaba acostumbrado a sorprender a todos los de su alrededor con el frío y apático color negro. Todos los días. No le cansaba y se había consagrado ya la fama de ser una parte esencial y definitoria de su propia persona pero hoy parecía ser distinto. Tal vez el sol de la mañana lo había animado a cambiar de hábitos. Tal vez el mismo sol, pero ya bien entrada la tarde, era la razón que lo estaba incitando ahora a dejar de seguir las líneas del grueso libro que sujetaba con su mano izquierda, para mirarla de reojo. No lo hacía de forma descarada, pese a tener la seguridad de que nadie habría caído en la cuenta de que lo estaba haciendo, pero tampoco con demasiado disimulo. Al fin y al cabo, parecía que la seguridad que le aportaba su invisibilidad latente a cuatro metros de diámetro hacía efecto en los actos que estaba empezando a llevar a cabo. Como un nuevo ser, formado por sí mismo.
Ella era una más de entre todas las chicas que viajaban en dicho transporte esa tarde pero, ¿que se le iba a hacer?, era la que le había tocado al lado.
Por suerte o por desgracia, el autobús iba lleno.

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