28.5.12

159.

Se presentó como si nada en su despacho. No le hizo falta ni que María, su fiel, sexy y provocativa secretaria, le diese paso o que Alberto, el de administración, se lo informase antes por correo electrónico. La verdad, es que en el momento en el que empujaba la puerta para entrar aún no podía explicarse el porqué de su arrebato. Llevaba tiempo pensándolo más nunca se había decidido a hacerlo. El desgaste, tanto por fuera como por dentro, de aquella planta acabaría llegando al borde de su paciencia y petando en la puerta del almacén de sus nervios. Era el "padrenuestro" que se repetía cada mañana al verle la cara. A él.
Ese día el café estaba frío, muy frío, congelado. No quedaban azucarillos en la cesta y la radio había dicho, hacía escasos minutos, que las precipitaciones serían acompañadas por fuertes vientos a partir de las cinco de la tarde. Sabiendo esto, no esperó más para hacerlo, pues todas ellas parecían señales a su favor.
Un empujón, no hicieron falta los saludos. Cuatro pasos, un sorteo a los sillones para los invitados y un golpe seco de papeles sobre la mesa. Al final de la misma, justo delante de su mirada, una carpeta con la pegatina que lo anunciaba todo: RENUNCIO.
Tan solo quedaban ya tres horas para que pudiese tomar un capuccino, bien caliente, en su bar favorito. El del puerto. Viendo llover, comos siempre acostumbraba a hacerlo.
Por el momento, las agujas del reloj marcaban ya la hora de comer.

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