29.5.12

160.

-Me hubiese gustado que fueras el primero
-Y a mí que tu la última

Nadie sabe cuantos fueron los silenciosos minutos que transcurrieron tras este intercambio de sinceridad. Realmente, a el le sirvieron para masticar y entender la declaración de intenciones que ella le acababa de brindar. A ella, por el contrario, para caer de una vez por todas en la cuenta de que, antes que nada, el llevaba la verdad por delante.
Para ser honestos, hay que reconocer que hubiesen podido hacer como normalmente optaban por hacerlo: dejar el tiempo pasar, entre la noche y el día, para despedirse con total naturalidad a la hora establecida. Esa vez no fue así. Tal vez por madurez, seguramente por cansancio.
Ninguno estaba perdiendo más tampoco había un ganador. De todas formas, lo que si hubo fue una reacción inteligente: la de él, en este caso. La miró, como ya había aprendido a hacer, y no hizo falta que dijese nada.

-Si

A la vez que pronunciaba la respuesta afirmativa, ella se levantó y recogió su ropa. No subió la persiana de la habitación porque sabia que le molestaría a él, a sus ojos acostumbrados a la nocturnidad. Optó por no calzarse y transportar las viejas sandalias azules en la mano hasta la salida.
Alcanzó el pomo de la puerta y la mirada de él, aún desde el colchón. No lo miró de una forma rara ni especial, pues a ella no le había dado tiempo a aprender a hacerlo como si lo había logrado el, pero le regaló una última sonrisa al cruzar la puerta de la habitación.
Seguramente no se volverían a cruzar pero el consuelo radicaba en el haberse regalado, al final, aquello que a cada uno le gustaba del otro.
A ella la sonrisa de él. A el la mirada de ella.

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