30.6.12

167.

-No, si no pasa nada. La verdad es que esta reacción me la esperaba hace tiempo ya.
-Lo sé. Sé que nunca me creíste nada de lo que te dije. No has podido confiar en mí todo este tiempo pero, simplemente, esperaba que, con el paso del tiempo, la cosa fuese mejorando algo. Aunque solo fuese un poco.
- ¿Y qué pasa si creo que nunca voy a poder hacer eso? Te lo dije desde un principio y te acuerdas.
-Nada. Las cosas seguirán bien entre nosotros. Ya sabes, a narices.
La conversación siguió, y se mantuvo, entre frases sin sentido y comparaciones innegables. La película empezaba a contener una línea entre lo cómico y lo insoportable. Ninguno, de los espectadores, dijo nada más sus bostezos y miradas perdidas en medio del espacio aéreo del lugar, hablaban por si solos. Todo parecía apuntar ya a que todos harían lo mismo cuando el primero, siempre un valiente con gafas de pasta y bandolera de cuero, se pusiese en pie y se dirigiese a la puerta de salida.

-Y... si se va, es porque no es para mi

El protagonista, emisor del contenido fílmico, acababa de conseguir que, con dicha frase, la mirada del osado de la tercera fila se colase hacia la pantalla por encima de los cristales de sus gafas de pasta negra. Estaba ya rebuscando en su bolsa de piel el móvil para comunicarle al mundo que se retiraba de la sala de cine mas, al escuchar tal conjunto de palabras sintió la necesidad. No sabiendo aún si por cumplir con el tono amenazante de la oración o por comprobar el estilo dubitativo utilizado con destino al giro final de la trama.

20.6.12

166.

Había empezado a obsesionarse. Vivía por y para idear, pensar, la forma de conseguirlo. Antes, la botella del viejo Jim Bean lo acompañaba a lo largo de la noche. Por la mañana sólo se vendía al tabaco negro. Ahora, tenía que serle infiel a las horas de luz, trabajando duramente antes y después de la aparición del Sol, recurriendo a ambos vicios en la oscuridad.
Demasiados caprichos concedidos, dejando huellas en el gatillo, con finales predecibles para alguien como el. Situaciones complicadas de las que, con su ayuda, había salido airoso. E impune. Lo había perdido todo, si, pero realmente no tenía tiempo material para pensar en eso. No lo necesitaba.
¿Y dónde estaba ahora? Los cristales de las ventanas figuraban sobre la madrea vieja, e hinchada, del suelo. Sujetos a los ladrillos de la pared ya no se veían las mejores carteleras de cine y, al fondo, el tercer cajón de la estantería. Estaba abierto. Vacío.
Demasiados años a la sombra, demasiado tiempo sin respuestas.

14.6.12

165.

Hacía ya cosa de un par de horas que había perdido la cuenta de todos los vasos que habían pasado por sus manos. De una forma directamente proporcional a ese desconocimiento, se asentaba otro: el de no saber por cuantos de ellos había abierto la cartera. Suponía que no por muchos, pues desde siempre había conseguido lo que quería (al precio más bajo). De pequeña porque era muy simpática y risueña. En plena adolescencia porque la caracterizaba su sociabilidad y buena conversación. En la madurez de su juventud, era denominada como alguien muy extrovertida y social. Ahora, en la barra del bar de la cincuenta cuatro, bajo el noventa y cuatro por ciento de las miradas masculinas, solo era alguien abierta. Abierta, tanto mentalmente como por lo que a la parte física se refiere, eso sí, sabía cuidar muy bien de su cartera.

7.6.12

164.

“Me hubiese gustado tener la posibilidad de acabar bien”. Ese era el pensamiento que le recorría la cabeza siempre que se encontraba rodeado del color verde. Del campo.
Hacía ya años que acudía solo pero nunca contemplaba la misma estampa. A su vista llegaban fotogramas, demasiado luminosos a veces, de las distintas especies de árboles que habitaban en la zona. Los más veteranos. El agua cristalina, hogar de patos, peces y demás animales necesitados del ambiente acuoso, nunca parecía caer por las pequeñas rocas. Aquellas que se disponían formando diminutos saltos de río. Pequeñas cataratas. El camino, encharcado en invierno y polvoriento en verano. Demasiada tierra y pocas piedras. Las flores no germinaban en ese lugar. Tal vez por la gran influencia que los coches tenían a escasos metros. Pese a todo, el ruidoso sonido de las máquinas con ruedas no era del todo desagradable. A veces, incluso lograba pasar desapercibido.
De entre toda la naturaleza, tenía sus protagonistas favoritos: los distintos individuos que escogían ese lugar, ya fuese por placer o por deber.
Muchos de ellos ya eran como viejos conocidos para él pues, seguramente su hogar o su trabajo, les obligaba a recorrer las mismas distancias diariamente. Otros, los mejores a su parecer, solo arrastraban sus pies por allí eventualmente.
Se quedaba mirándolos. Siempre.
Estaban los que empezaban. Se les notaba porque un aura de tontería y pequeños ruidos, semejantes a risas, les rodeaba. Cogidos de la mano, lanzándose besos aéreos, haciendo gestos de que no tardarían en llamarse.
Más adelante, los que no querían empezar. Estos se caracterizaban por recorrer, acompañados de un objeto peculiar -a veces un libro, un dispositivo musical, una libreta o mismo un balón-, la totalidad del espacio verde.
Más escondidos, pasaban a veces los que temían empezar. Su vestimenta siempre era de colores opacos, como sus miradas, y no les importaba nada de lo que ocurría a su alrededor.
Temerosos, figuraban los que esperaban empezar. Faltos de relojes y, haciendo que eso les amparaba, sacando el móvil del bolsillo cada cuatro minutos -exactos- expectantes por alguna novedad.
Al contrario que los anteriores, impacientes y osados, aquellos que volvían a empezar. Los había de dos clases. Por un lado los que re-empezaban en la piel de otro, habitualmente más bajito, más infantil, más joven, más consentido... un hijo. Por otro, los que lo hacían al lado de una persona diferente a la que cogían de la mano y decían que llamarían, ya tiempo atrás.
Casi cerrando la clasificación, aquellos que simplemente seguían. Consigo mismos como fuente de movimiento. No eran solitarios ni tampoco demasiado abiertos, tan solo se limitaban a compartir el color de la hierba con la persona, o personas, que les apetecía en cada momento. Sin pensar en nada más. De todas formas, se debe tener en cuenta que algunos de estos, muy de vez en cuando, acababan pasando al grupo de los que empezaban.
¿Y finalmente? Estaban los que no ponían un punto de comienzo a sus recorridos sino que lo hacían para acabar. El nunca había sido de favoritismos mas, con estos, tenía una empatía especial. Verlos así, tal y como el había estado años atrás, hacía que tuviese un motivo para, sin mirar el reloj, saber que ya era hora de abandonar el color verde, del pequeño jardín de las afueras, y volver a casa.

5.6.12

163.

Sucede así: un día te despiertas y, sin apenas levantar la cabeza de la almohada, sabes que va a ser un mal día.

Luego, con calma y buen ojo, vas descubriendo que todo lo que podría haber salido mal, lo ha hecho. Te acuerdas del día en el que una mujer y un hombre compartían algunos de los minutos de sus vidas, los mismos que acabarían por engendrar a aquel que ahora se pasea en bicicleta por tu pensamiento. Aquel... llamado Murphy. A veces, incluso caes en la cuenta -con su correspondiente doloroso golpe- de que tu versión “de salir mal” era demasiado minimalista, nunca fue bueno lo de seguir las modas actuales, y que esta acaba saliendo peor.
Tu normalidad cambia, las cosas se tuercen, nada encaja en el lugar que le había sido asignado... y, como era de esperar, uno acaba lanzándose al vacío. A ese lugar caracterizado por la falta de cualquier cosa: educación, buenas palabras, generoso trato, subjetividad global... Pero, bajas la música, apoyas la mano y paras. Tu jugabas con ventaja: sabías que pasaría, que hoy sería ese día en el que tenía que pasar.

Sucede así: un día te despiertas y, sin apenas levantar la cabeza de la almohada, sabes que al otro lado ya no hay nadie.

1.6.12

162.

Faltaba aún como cosa de un cuarto de día para que, se diese la pequeña probabilidad -a lo mejor-, de que él hiciese lo que había dicho que haría la noche anterior. Habían establecido un plan simple y mutuo: acabarían sus quehaceres y compartirían una conversación telefónica que, en el mejor de los casos, podría acabar compartiendo alguna que otra hora de la noche local.
Las vacilaciones de cómo podría ser el saludo o la reacción de uno ante los actos inesperados del otro, porque de seguro que los habría, eran cosas en las que no se había parado a pensar esta vez. Era raro, sobre todo porque la caracterizaba el empaparse en una capa de nervios e histeria en los momentos que precedían a situaciones complicadas o desconocidas mas, esta vez, había priorizado: existían cosas más importantes que retomar.
Si finalmente el teléfono sonaba, se cumpliría ya -de forma exacta- medio año desde su última conversación y si, las cartas jugaban a su favor y conseguían que la recogiese al lado de casa, el mismo medio año que se cumplía para unas cosas se cumpliría para otras. No más importantes pero tampoco menos. De lo que sí tenía una plena seguridad es de que no volvería a cometer los mismos errores que antes. Su plan estaba perfectamente dibujado -y acotado- en su mente. Sus peticiones, las que aún no sabía si serían una muy buena idea, lo estaban aún más: ir a los mismos sitios donde habían estado hace meses y en los que habría querido llevar a cabo aquellas cosas que luego no figuraban en su guión.
El caso, es que estaba harta de llegar a casa, tras, y tener que crear en su mente la manera perfecta en la que debería haber actuado; con sus consiguientes consecuencias. Esta vez las cosas se llevaban listas de antes, aunque bien es cierto que la lógica dice que así todo sale peor, y no tenía ni la menor intención de lamentarse luego.
¿Ahora? Sólo falta esperar a que el teléfono suene y que la mano, cedida por el crupier, sea de las mejores que se han repartido nunca antes en Las Vegas.