5.6.12

163.

Sucede así: un día te despiertas y, sin apenas levantar la cabeza de la almohada, sabes que va a ser un mal día.

Luego, con calma y buen ojo, vas descubriendo que todo lo que podría haber salido mal, lo ha hecho. Te acuerdas del día en el que una mujer y un hombre compartían algunos de los minutos de sus vidas, los mismos que acabarían por engendrar a aquel que ahora se pasea en bicicleta por tu pensamiento. Aquel... llamado Murphy. A veces, incluso caes en la cuenta -con su correspondiente doloroso golpe- de que tu versión “de salir mal” era demasiado minimalista, nunca fue bueno lo de seguir las modas actuales, y que esta acaba saliendo peor.
Tu normalidad cambia, las cosas se tuercen, nada encaja en el lugar que le había sido asignado... y, como era de esperar, uno acaba lanzándose al vacío. A ese lugar caracterizado por la falta de cualquier cosa: educación, buenas palabras, generoso trato, subjetividad global... Pero, bajas la música, apoyas la mano y paras. Tu jugabas con ventaja: sabías que pasaría, que hoy sería ese día en el que tenía que pasar.

Sucede así: un día te despiertas y, sin apenas levantar la cabeza de la almohada, sabes que al otro lado ya no hay nadie.

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