7.6.12

164.

“Me hubiese gustado tener la posibilidad de acabar bien”. Ese era el pensamiento que le recorría la cabeza siempre que se encontraba rodeado del color verde. Del campo.
Hacía ya años que acudía solo pero nunca contemplaba la misma estampa. A su vista llegaban fotogramas, demasiado luminosos a veces, de las distintas especies de árboles que habitaban en la zona. Los más veteranos. El agua cristalina, hogar de patos, peces y demás animales necesitados del ambiente acuoso, nunca parecía caer por las pequeñas rocas. Aquellas que se disponían formando diminutos saltos de río. Pequeñas cataratas. El camino, encharcado en invierno y polvoriento en verano. Demasiada tierra y pocas piedras. Las flores no germinaban en ese lugar. Tal vez por la gran influencia que los coches tenían a escasos metros. Pese a todo, el ruidoso sonido de las máquinas con ruedas no era del todo desagradable. A veces, incluso lograba pasar desapercibido.
De entre toda la naturaleza, tenía sus protagonistas favoritos: los distintos individuos que escogían ese lugar, ya fuese por placer o por deber.
Muchos de ellos ya eran como viejos conocidos para él pues, seguramente su hogar o su trabajo, les obligaba a recorrer las mismas distancias diariamente. Otros, los mejores a su parecer, solo arrastraban sus pies por allí eventualmente.
Se quedaba mirándolos. Siempre.
Estaban los que empezaban. Se les notaba porque un aura de tontería y pequeños ruidos, semejantes a risas, les rodeaba. Cogidos de la mano, lanzándose besos aéreos, haciendo gestos de que no tardarían en llamarse.
Más adelante, los que no querían empezar. Estos se caracterizaban por recorrer, acompañados de un objeto peculiar -a veces un libro, un dispositivo musical, una libreta o mismo un balón-, la totalidad del espacio verde.
Más escondidos, pasaban a veces los que temían empezar. Su vestimenta siempre era de colores opacos, como sus miradas, y no les importaba nada de lo que ocurría a su alrededor.
Temerosos, figuraban los que esperaban empezar. Faltos de relojes y, haciendo que eso les amparaba, sacando el móvil del bolsillo cada cuatro minutos -exactos- expectantes por alguna novedad.
Al contrario que los anteriores, impacientes y osados, aquellos que volvían a empezar. Los había de dos clases. Por un lado los que re-empezaban en la piel de otro, habitualmente más bajito, más infantil, más joven, más consentido... un hijo. Por otro, los que lo hacían al lado de una persona diferente a la que cogían de la mano y decían que llamarían, ya tiempo atrás.
Casi cerrando la clasificación, aquellos que simplemente seguían. Consigo mismos como fuente de movimiento. No eran solitarios ni tampoco demasiado abiertos, tan solo se limitaban a compartir el color de la hierba con la persona, o personas, que les apetecía en cada momento. Sin pensar en nada más. De todas formas, se debe tener en cuenta que algunos de estos, muy de vez en cuando, acababan pasando al grupo de los que empezaban.
¿Y finalmente? Estaban los que no ponían un punto de comienzo a sus recorridos sino que lo hacían para acabar. El nunca había sido de favoritismos mas, con estos, tenía una empatía especial. Verlos así, tal y como el había estado años atrás, hacía que tuviese un motivo para, sin mirar el reloj, saber que ya era hora de abandonar el color verde, del pequeño jardín de las afueras, y volver a casa.

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