20.6.12

166.

Había empezado a obsesionarse. Vivía por y para idear, pensar, la forma de conseguirlo. Antes, la botella del viejo Jim Bean lo acompañaba a lo largo de la noche. Por la mañana sólo se vendía al tabaco negro. Ahora, tenía que serle infiel a las horas de luz, trabajando duramente antes y después de la aparición del Sol, recurriendo a ambos vicios en la oscuridad.
Demasiados caprichos concedidos, dejando huellas en el gatillo, con finales predecibles para alguien como el. Situaciones complicadas de las que, con su ayuda, había salido airoso. E impune. Lo había perdido todo, si, pero realmente no tenía tiempo material para pensar en eso. No lo necesitaba.
¿Y dónde estaba ahora? Los cristales de las ventanas figuraban sobre la madrea vieja, e hinchada, del suelo. Sujetos a los ladrillos de la pared ya no se veían las mejores carteleras de cine y, al fondo, el tercer cajón de la estantería. Estaba abierto. Vacío.
Demasiados años a la sombra, demasiado tiempo sin respuestas.

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