17.7.12

1.69.

No se puede hacer sin compañía, es algo que implica a dos. Quizás a más, pero mínimo a dos. Aquella vez ellos si lo consiguieran.
Nada más cerrar la puerta, golpeándola aprovechando que no había nadie más, su espalda batió contra la misma. Las manos se paseaban con derechos por toda su silueta, desde la cintura hasta el cuello, y viceversa. Entre el mareo de la camiseta de ella que subía y bajaba al ritmo de la respiración de el. Le soltó el pelo, y nunca mejor dicho.
Sin despegarse, el se fue ayudando primero de un pie y luego de otro para descalzarse. Ella, más práctica, se agarró a su espalda con la mano izquierda para sacar las sandalias con la derecha. El no la dejaría escaparse, ni mucho menos separarse. La ropa seguía sobrando y el tiempo corría más que la corriente en aquella habitación. De frente, su música y una ventana a la calle.
La falda, como sin quererlo, pasó de figurar en sus caderas para situarse por encima de la cintura. Encogida. El se había encargado de eliminar de su camino todo aquello que le impedía hacerse con lo que pretendía.
Las llaves de su casa aun estaban en el bolso de ella. El móvil de ella, en el suelo de la habitación de él.

Le bajó la cremallera del pantalón y, doce segundos después, aprovechando que no había nadie más, su espalda siguió batiendo la puerta. En este caso, sucesivamente.

Cuando paró el sonido de la madera vieja, solo se escuchó un “joder” entrecortado. El despertador, a la mañana, haría el resto. Mientras, ellos se habían ganado un colchón sobre el que descansar.

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