27.8.12

172.

¿Y quién podía si no el?

Tras los seis asquerosos años que llevaba sirviendo, tristemente, a la empresa más conocida del mapa era ahora cuando parecía que el azar le recompensaba las penurias.

La canción que sonaba en la radio de aquel destartalado coche rojo no era conocida, tal vez de un grupo de cantera de Texas, y la calidad de escucha tampoco era la mejor. Si, se repetía. Debería haberlo llevado ayer al taller pero... pero es que no tengo tiempo.

Se echaría las manos a la cabeza de no ser por las lecciones de conducción aprendidas, a base de duros gritos, de la mano de su abuelo. El volante era lo primero mas, ahora, ya daba un poco igual. El comet ya ocupaba su plaza delante del garaje y el, con el cinturón desabrochado, giraba hacia dentro la llave para poder estirar las piernas en el interior de su casa. En breves minutos.

Maletín, chaqueta y, lo más importante, saludar al pato de cerámica de la entrada. Parecía un ritual diario como muestra de la felicidad casera pero, ese día, era aun mejor.

El viejo Roger había anunciado su jubilación anticipada y el puesto de subdirector estaba a un soplo de pertenecerle. Así, fácil.

El móvil había sonado, por fin, tras tres semanas de espera. Margaret también se rendía, como el viejo Roger, y abandonaba su pacto de silencio hacia él. No había entendido la explicación que le había dado a su enfado pero, cómo es sabido, no hay que discutir con ellas. Se les da la razón y se espera, acaban viniendo. Son así. Margaret también lo era.

La puerta de atrás estaba ya abierta, el desgraciado del gato del vecino debía haber estado olisqueando sus sábanas otra vez. Maldita sea, maldita manía. Pese a todo, calma, nadie ni nada iba a estropearle las pocas horas que quedaban del día. El 23 de octubre. Soleado allí, durante el día, como siempre. La noche ahora era clara, dentro de las posibilidades evidentes de la oscuridad lunar.

Se agachó frente del estante de madera y se dignó a hacer un último esfuerzo. El último del día. Alargando el brazo llegó a coger la botella del caro Château Mouton-Rothschild, que le regalaran años atrás.

Ahora: Una superficie lisa, una copa, un sacacorchos y el éxtasis previo a disfrutar con el buen vino.

Y fue así, vertiendo el líquido en el interior de la copa, cómo descubrió la identidad de quien sí podía estropearle los planes. De arruinarle el escaso tiempo que quedaba, ya, de aquel lejano 23.

Una sombra, un hombre.

La noche era clara, y el gato del vecino, Jones, no había entrado aquella tarde a perturbar sus sábanas.

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