29.10.12

184.

El impacto se produjo por la izquierda, por el lado del copiloto, pero el golpe afectó más a la parte trasera del coche que a la de delante.
Aquel todo-terreno había cometido un error al creer que el semáforo abría, mostrando el color verde, para todas las direcciones del cruce cuando, realmente, no lo hacía para la que el quería tomar: la contraria a la derecha.
Acostumbrado a una conducción rápida y brusca, en una carretera amplia y poco transitada, no se había imaginado que alguien se dirigía, a esas horas, hacia el aeropuerto.
Los faros del auto impactante reflejaron en el cristalino del conductor del auto impactado y, pocos minutos después, solo dos ocupantes eran capaces de recobrar el conocimiento.
El joven viajero, de la parte de atrás del turismo, fue el que presenció el diálogo previo al choque. Delante, su chica y su mejor amigo compartiendo gustos musicales e intercambiando opiniones de cuál había sido el mejor solista aficionado -del rock suburbano de américa- de la pasada década.
Directos a recoger a la prima de su chica, acabada de llegar de España, el último semáforo de la recta hacia la terminal sorprendía a su cuentakilómetros cambiando, repentinamente, al rojo brillante. La reducción de marchas y la parada completa del automóvil, habían llevado a ambos a discutir por si pulsar (mientras tanto) el botón de la radio, que reproducía el siguiente tema, o si  mantenerse en el actual.
Como de la nada, y sin sentido alguno, ella, sentada al volante, le agradeció algo que -a día de hoy- el joven sentado atrás sigue desconociendo:

-Gracias por hacer esto por mi

Tragando saliva él, y aferrándose a sus palabras, se limitó a contestarle humildemente:

-¿Para eso están los amigos, no?
-Si

Luego fueron los reflejos lumínicos, el sonido chirriante de los frenos y el amargo estruendo del golpe. Ruedas de camillas agitándose y pitidos incómodos de hospital.

27.10.12

183.

Aparcó cerca del muelle e hizo tiempo. Estaba completamente seguro de que no iba a aguantar hasta la “hora tope” pero si podía intentar esperar hasta que esta se acercase algo y probar suerte.
El pueblo estaba muy tranquilo: los coches aparcados perfectamente en línea -solitarios-, el mar manteniendo la llanura de un plato -penetrado por decenas de pequeños botes-, la carretera alumbrada por escaparates y farolas -viejas y abandonadas- y las calles... las calles mostraban su virginidad -interior y exterior-.
Las dos y media. Demasiado temprano.
Revolvió los compartimentos del coche, ordenó la lista de discos musicales que contenía en la cartuchera verde e, incluso aprovechó para subrayar algunas de las citas del libro que, esa tarde, había retirado del fondo de la biblioteca. Miraba el reloj cada tres minutos pero los dígitos parecían seguir inmóviles.
Las tres menos veinticinco, pasadas. Demasiado temprano.
La tranquilidad de la noche le invitó a pensar en lo que estaba haciendo. La canción que sonaba en la radio lo hizo decidirse. Embrague, primera, freno de mano, luces y dirección norte.
Ya en casa: cierre de garaje, treinta y dos escaleras por subir, una ducha rápida y cobertura de sábanas. Más tarde, dos pares de sueños -entremezclados con una pesadilla- y descanso profundo.

-Buenos días.

22.10.12

182.

El tiempo no podía ir ya a peor. La tarde otoñal contaba con un manto de nubes oscuras y litros de agua vertiéndose por minuto en cada rincón del paraje. Desde que se había levantado de la cama, posado los pies sobre la alfombra y subido las persianas, había caído en la cuenta de que hoy tendría que “mover ficha” antes que su enemigo. Teniendo en cuenta todas las posibilidades de reacción y los efectos que estos causarían sobre su persona.

(e4) (c5) (Cfe) (d6)

De la puerta de la derecha del armario -segundo estante empezando por abajo- le echó la mano a las medias más gruesas con las que contaba. Las marrones. Luego de estas fueron unas bermudas vaqueras, un jersey de punto doble y las botas.

(d4) (cxd4)

Se enjuagó las encías y se ató el pelo. Agarró un paraguas de la entrada y abrió la puerta. La casualidad hizo que cayese en la cuenta, antes de perder más tiempo, de la falta de lo esencial: la bufanda. Subió las tres escaleras que únicamente le había dado tiempo a bajar y, alargando el brazo hasta el colgador, se aferró a la que sería la protectora de su cuello, contra el frío.

(Dxd4) (Cc6) (Ab5) (Ad7)

La jornada no había salido tan mal. Al fin y al cabo, dentro de una planta llena de oficinas, al amparo de la tempestad -temporal claro, la personal siempre está presente- no se puede tener gran queja. Ahora se acercaba lo peor. Era tarde, los informes le habían supuesto más laboriosidad de la que tenía pensada en un principio. Tendría que subirse al autobús urbano y enlazar el viaje preparando la agenda de mañana.

(AxC6) (Axc6) (Cc3) (Cf6)

Al cruzar el portal, y como fruto de la mala suerte, empezó a llover más de lo normal. Con la ayuda del paraguas y de los empedrados soportales intentó llegar, rápidamente, a la parada de autobús más cercana. Entonces, un pitido y varios reflejos de luces automovilísticas sobre las gotas que caían. Se giró y vio que aquel viejo coche gris bajaba la ventanilla con cautela y miedo a la penetración del agua en su interior.

(Ag5) (e6) (Td1) (Ae7)

Un diálogo corto y sencillo entre desconocidos. Luego, la indecisión de mantener su jugada o optar por cambiar la táctica. Era complicado responder inmediatamente pero, al igual que la banderilla del reloj en el tablero de ajedrez, la lluvia le seguía recordando que debía actuar veloz. Manteniendo la inteligencia y la cautela como escudo. Como escudo...

(o-o) (o-o)

Su rival, no había sido tan bueno. O tal vez no fuese ella tan mala. Seguramente ahora, tras las dos jugadas posteriores, la partida se posicionaría muy igualada.

(Tfe1) (Da5)

19.10.12

181.

-¿Qué es aquel papel de detrás de la maceta?
-¿Cuál?¿El que está apoyado en el lateral de la pecera?
-Si. El mismo que está detrás de la maceta
-Levántate y compruébalo tu misma

Después de tantos años escuchando las mismas sandeces, ni se molestó en devolverle la ironía, con la que cargaba sus palabras, mediante miradas transversales. Se acomodó en el sofá y miró, con desprecio y tímida amabilidad, a la silla de ruedas. Su fiel compañera desde hacía ya treinta y tres años.

-¿No me has oído? Puedes levantarte y comprobarlo. De hecho, creo que es una carta para ti, desde Londres

Conocía bien sus puntos débiles: su incapacidad y su pasado inacabado.

-No voy a caer en tu juego, al menos no hoy.
-Yo no estaría tan segura. Es un papel, y los papeles acaban estorbando. Tal vez mañana ya no lo veas junto a la pecera, ni detrás de la maceta. Tal vez se vaya y te quedes sin comprobar que hay en su interior.
-Hoy no. Ya te lo he dicho
-Vaya... ¿también te va a vencer, esta vez, la experiencia adquirida en escapar de las cosas a las que no te ves con fuerzas de hacer frente? Te creía más valiente
-Y yo a ti menos cínica pero, ya ves, todo el mundo se equivoca
-Si, en eso te doy la razón. Eres la viva voz de la experiencia, puede que por poco tiempo...
-Puede...

16.10.12

180.

Yo mismo fui testigo del cambio que dio. Los primeros años no pude comprobarlo porque, pese a estar presente en determinados contextos, mi corta edad y mi aun no desarrollado cerebro -memoria- me impidió retener las imágenes del comportamiento de aquel viejo cascarrabias; del que solo recuerdo eso: la repetida autodefinición diaria “un viejo cascarrabias”.
De mi abuela, ya ni el tiempo de oídas experimenté. Murió muchos años antes de yo nacer pero mi madre me la recuerda como alguien semejante a ella, mas de un modo mucho más benévolo. Nunca he podido imaginarla, no he conocido a nadie con más bondad, interna y externa, que mi madre.
El paso de los años fue la prueba de que aquel viejo de pantalones desgastados y zapatillas de casa se transformaba, poco a poco, en el hombre maduro de jerséis de pico y cinturones de piel. Ya no preguntaba por el motivo de todo lo que pasaba a su alrededor, sino que se preocupaba más por cómo acontecían las cosas fuera de las cuatro paredes de su casa y, aun siendo raro, empezaba a asimilar el ritual -espontáneo-de regalar los “buenos días” a todos los que compartíamos mesa, con él, en cada desayuno.
Pasó durante la tarde del 3 de abril, de hace cuatro años, pero yo me enteré de la verdad ya entrada la madrugada del día 4. Estaba afeitándose y me llamó para que lo ayudase a escoger una camisa del armario de la derecha. Si, era un hombre con demasiada ropa, siempre lo dice la buena de su hija y, por ello, tenía dos guardarropas. Revolviendo las perchas, solo alcancé a oír un “otra vez no, hoy no por favor”. Tras eso, un pestañeo y mi madre y mi tía lo sostenían sobre la cama. Repetía que aguantaría, que no le podía estar pasando eso ahora. Me mandaron retirarme de su habitación y lo hice, no sin antes indicarle que la mejor era la gris de bordes y botones negros. “Que duermas bien, hijo”, me sonrió. Esa fue su despedida.
Esa madrugada, ya en el hospital, mi tía (la segunda mejor persona que conozco) me sentó al lado de la maquina de cafés y me explicó que el abuelo llevaba ya tiempo teniendo ciertos problemas que lo hacían no poder respirar, con total normalidad, y que el motivo de su desesperación esa tarde era la imposibilidad de quedar y explicárselo a Carmen. Su nueva amiga.
Desde aquel día, el viejo ex-cascarrabias duerme, en un coma profundo, en la habitación 314 del hospital que dobla da calle León. Yo no he llegado a conocer nunca a Carmen ni le he podido explicar el motivo por el cual mi abuelo no apareció a su cita de aquel pasado 3 de abril, mas lo he intentado muchas veces. Pese a todo, a no ser el mejor abuelo de todos, lo visito todos los días de cinco a seis y media. A esa hora, indistintamente, me recoge en la puerta mi madre o mi tía. Ayer, pensando que por fin sería el día en que yo le pudiese devolver la sonrisa a mi abuelo y desearle también las buenas noches, he escuchado a un señor que pasaba por delante de la 314 preguntarle a la enfermera “¿el pequeño nieto de Carmen aún sigue visitando a su abuelo?”. “Una hora y media todos los días, desde hace cuatro años”, le respondió ella, Encarna.

Alejandro, tú si llegaste a conocer a tu abuela, Carmen. Hasta hace dos años era ella la que te traía a clase.

- Ya señorita, pero usted dijo que el tema de nuestra redacción debía ser la forma en la que nos gustaría recordar nuestra vida el día de mañana. A mí me gustaría recordar a mi abuelo sonriendo.


15.10.12

179.

-Tiene novia
-Bueno ¿y qué? ¿La gente dura en pareja toda la vida? No, pues venga. Hazlo
-Que no, no insistas. Paso de hacer tales locuras, además ¡no son horas!
-¿No son horas? ¿Desde cuando hay hora para meter un papel por debajo de la puerta?
-¿Y si no lo ve? ¿O si lo coge para tirarlo sin más?
-Vamos a ver ¿cuántos años tenemos? ¿Seis?
-Oye, que preguntes tú eso... Estás ideando el meter papelitos por debajo de puertas ajenas...

La conversación telefónica se cortó y, por un lado, la curiosidad y por otro la indecisión lograron que no hubiese otro diálogo minutos más tarde.

La verdad es que no perdía nada en intentarlo. No implica nada, aun teniendo a alguien lo escrito en el papel no tiene malicia y tan solo son, a lo mucho, cinco minutos de "sufrimiento".
No lo va a hacer, seguro. Se meterá en cama y se lamentará las próximas veces que se cruce con el por las escaleras del edificio. No aprende, es que no aprende.

Un fugaz arrebato de valor o, más probablemente, el querer darle con la valentía en las narices a su amiga hizo que corriese al bolso. Cogió una de las hojas en blanco de la agenda y lo anotó. Nueve cifras seguidas de un "se me olvidó antes, por si acaso". Delante de la puerta dudó, unos minutos, si subir en ascensor o por las escaleras. Aprovechando el vestuario deportivo de sus pies optó pos la segunda vía. Subió tranquila, se acercó a la puerta, metió el papel por debajo de la puerta y bajó como un rayo las dieciocho escaleras hasta su puerta. Si, las había contado.
Ahora, llegaba el peor momento: la espera. ¿Llamaría a la autora de la idea para decírselo o estaría ya dormida? No, demasiado tarde. Se metió entre el colchón y las mantas de noviembre, y cerró los ojos. Primero una oveja, luego otra. En medio, una vuelta sobre sí misma. Diez minutos después otra, miradas al teléfono y nerviosismo, sin sentido, dentro de su cabeza. ¿Remordimientos ahora? Estaba ya demasiado cansada.

Estaba sonando ya el despertador ¿de verdad? El sueño aún la mantenía atada a su cama pero tenía que ir a clase. Espera, para, para, para... ¡Espera!

Esa, no era la melodía del despertador.

11.10.12

178.

Maldita la hora en la que mi “caballerosidad” había tomado partido en la conversación. ¿Por qué narices habría abierto la boca?

-No os preocupéis, ya me encargo yo de pasarle un agua a los platos.

Con las manos empapadas en jabón uno se da cuenta de que las sonrisas de todas las señoritas presentes en la mesa no son suficientes para compensar tal labor.

-¿De verdad? Podemos echarte una mano, que son muchos cacharros para una sola persona.

Claro, la educación ajena por delante siempre, y mi estupidez y ansias hospitalarias adelantando en la carrera. Maldita la hora, maldita y otra vez maldita.

-No, confiad en mi y tomaos unas copas tranquilas en la terraza. De esto me ocupo yo.

El reflejo de la ventana, que el fregadero tenía delante, le mostraba los gestos y poses más femeninas de la noche. No se habían comportado así durante la cena, se notaba que el vino empezaba a hacer efecto.

-Vale, todo tuyo entonces. Te esperamos fuera cariño, no tardes.

Su mujer la más correcta. Siempre. ¿Cómo se puede ensuciar tanto un plato, incluso un ridículo cubierto, con tan poca comida? Ella claro... Ella empeñada en hacer su salsa al chocolate para el manjar.

-Ahora os alcanzo.

El agua parecía, ya, estar agotada de ver tanto plato similar, más incluso que yo mismo. Cansadas debían estar también las compañeras de trabajo de “my girl”, o eso o que ya tenían ganas de comprobar si sus parejas también estaban en casa, porque el reflejo de la ventana enseñaba los besos y despedidas entre todas.

Seguramente ninguno de ellos se encuentra limpiando tanto como yo” pensé.

Sumido en mi última lucha ya contra aquella vajilla, el secado, fui interrumpido por un pequeño y sutil ruido. ¿Un cristal contra el suelo? Genial, vamos. Genial. No quise ni darme la vuelta, ni lo hice, porque sabía que ella me iba a regalar la mayor de sus sonrisas, irresistibles por cierto, y conseguiría que fuese yo a recogerlo sin que apenas me lo pidiese. Total, ya puestos a colaborar con las tareas...

Estaba ya a tan solo cinco piezas para moverme de aquella parcela de la casa, a la cual le estaba cogiendo una rabia tremenda. Era raro que no me dijese nada o no escucharla al menos blasfemar contra el “motivo” de la caída de la copa.

-Morena, ¿está todo bien?

Su ausencia de contestación y en el reflejo en mi ventana de vigilancia personal hizo que la situación dejase de ser simpática. Dejé el último cubierto posado sobre el paño, sin secar, y corrí hacía la plaqueta de la terraza. Efectivamente, allí estaban los restos de su copa. Supe que era la suya porque había sido la única que se había servido un vino tinto, y en el suelo estaba la prueba.

-Oye, de verdad, ¿dónde te has metido?

En el terreno de césped no había signos de feminidad y el portal de la salida estaba cerrado. Entonces, no había ido a acompañar a ninguna de sus colegas hasta la calle.
Fue entonces, al ver uno de sus zapatos de tacón delante de la entrada al trastero del jardín, cuando me percaté de que sólo tenía ganas de jugar. 

9.10.12

177.

-¿Quieren tomar café?
-No, gracias
-Si, por favor

Ambas respuestas se entremezclaban en una incómoda sintonía. Ellos, el joven universitario y la anciana viajera, se rieron por la gracia incomprensible del momento mas, la azafata, manteniendo su profesionalidad por delante de todo, sacaba solamente una cucharilla de plástico y una taza, vertiendo en ella parte del caliente café del termo.

-¿Con leche?
-Si, por favor. Póngale un chorrito.

-Si lo tomo solo luego no duermo bien y en estos cacharros ya se sabe...- mencionaba ella ya, esta vez, mirando al joven.

El, sin mencionar palabra, optaba por contestarle con una sonrisa fina, pues tal vez aquella señora -gustosa del café agrio, pues no le había pedido azúcar a la azafata- no había caído en la cuenta de que su escucha total y clara estaba impedida al otro lado de su cara, donde penduraba uno de los cascos de música que ofrecía el avión.

El de ambos era un trayecto largo, cruzando continentes y parte de las aguas del Índico. La diferencia de edad entre ellos ascendía a más de 30 años pero se notaba que, tanto una como otros, no eran principiantes en vuelos largos. Todo buen viajero sabe que lo esencial es mantenerse enérgico y despierto durante las primeras horas, las de más calma en el seno de la tripulación; intentar fomentar al máximo su cansancio luego y, finalmente, acabar cayendo en los brazos de Morfeo, hasta que sea el golpe de las ruedas del avión contra la pista de aterrizaje el que actúe como despertador. Tal vez por tener conocimiento de esta triple regla, aquella extraña mujer, con la que compartía lugar de asiento y ventanilla, necesitaba el café. Y por eso también el optaba por el canal de música rock, el número 8.

Sonaba “..with the lights out it's less dangerous, here we are now. Entertain us... y la señora entregaba ya el pocillo a la mujer uniformada de negro y rojo. El momento se temía pero, teniendo en cuenta el cruce de respuestas que habían tenido minutos atrás, que llegaría, lo sabían los dos.

Horas después, tras la comida y llegados a la mitad de la segunda fase de “la trilogía de los pájaros de acero”, Pablo y Jane compartían anécdotas y opiniones.

-Hemos empezado tarde, Pablo -ahora el ya sabía que su acento provenía de la parte alta de Holanda- pues, cómo ya sabrás, en poco tiempo entraremos ya en el ciclo final del viaje.
-¿La hora de dormir? -le dijo él con un tono inocente e irónico.

No falló. El golpe ruedas-suelo fue el anunciante de que, en escasos 10 minutos, todos los pasajeros podrían estar pisando terreno australiano.

-Perdone señora, debe usted abandonar el avión. Ya hemos llegado -le mencionaba una azafata más joven que la que servía el café a la viajera holandesa. – Venga, que la acompaño.

La maleta de Jane figuraba ya en el asiento libre de su lado, el del pasillo. Ella, entre confusa y desubicada, pensaba sólo en el motivo por el cual su joven amigo no la había despertado.

Recogió sus pertenencias y se sujetó a la mano de la mujer que se había ofrecido a acompañarla. Llegada ya al interior del aeropuerto, un amable trabajador le dio el aviso:

-Disculpe señora, lleva un papel en la solapa de su bolso. Y está a punto de caerle.

8.10.12

176.

Y entonces, cuando ya no esperaba nada mejor del día, se decidió a levantarse del sofá y mirar por la ventana. La lluvia seguía manteniendo la misma fuerza que hace... ¿cuánto tiempo había pasado? ¿tres horas? Tal vez ya cuatro pero si, la misma fuerza y el mismo ritmo de caída del agua, en vertical.
El cauce río estaba a nada de salirse de su cerco de hierba y por las calles peatonales no se presenciaba un alma. Bueno, tal vez no estaba bien pensar en almas cuando la mayoría de los que vivían a sus alrededores carecían de ella. Rectificó, y pensó que por las calle no caminaba nadie. En general.
Piña. De repente le llego un olor familiar, a piña. Era una de las frutas favoritas de su hermana desde que tenía recuerdos.
Sintiendo que los cambios que esperaba, con el movimiento de las agujas del reloj, no se producían, decidió volver sobre sus pasos y disfrutar del mueble por excelencia del salón mas, al pasar al lado de la “estantería de la abuela” -así la llamaba porque el primer libro que, ya no recordaba quién, se había colocado en ella era de la vieja Agatha Christie. Desde siempre le había encantado el género pero, su desproporcional rechazo por la lectura, había instaurado en su persona la preferencia por las películas o versiones documentales. Las hojas escritas, cómo no, eran más para la gustosa de la piña.
Ahora ya no percibía ese citado olor ¿sería sólo cosa de la zona de los ventanales?
La simple curiosidad, junto con el “no tener nada que hacer”, consiguió que se arrodillase sobre la alfombra color marrón y buscase, de entre todas aquellas reliquias narrativas, la pionera en explorar el lugar.
Lo recordaba con una tapa de color verde oscuro, o quizás gris gastado. Realmente, solo estaba seguro de una cosa: la no confianza que tenía en sus recuerdos en ese momento. Así, que optó por la vía sencilla, la de buscar directamente el nombre de la escritora de misterio por antonomasia en los laterales de los libros.
Le costó ¿para qué negarlo? Veinte minutos largos estuvo sobre la moqueta leyendo títulos pintorescos y desconocidos pero, al final, lo logró. Asesinato en el Orient Express, de cubierta verde grisácea.
Al parecer, su memoria no estaba tan mal.
Volvió al sofá con el ejemplar entre las manos, se acomodó y se dispuso a “ojearlo”. No caería en ese mal vicio de empezarlo para no poder parar luego. Tras tres minutos se arrepintió de haberlo abierto, la página donde figuraba el título interior estaba escrita: “¿Qué harías tú llegado al segundo párrafo de la 209?”.
Maldita manía social de escribir en los libros, pensó. Ahora tendría que leerse al menos las primeras 209 páginas, pues la tarde no iba a mejorar y la incertidumbre en él ya la había sembrado aquella destartalada pregunta.
Fuese quien fuese la persona que la había escrito.

6.10.12

175.

Lo pensaba cada vez que salía el sol y que, por consiguiente, las extrañas dependientas optaban por sacar a relucir sus mercancías a pie de calle.
A su parecer, era una medida estúpida, pues aquel que necesitase algo en concreto entraría sin dudarlo a la tienda mas, el marketing es lo tiene, y acercar el producto a los compradores potenciales se confirmaba, desde hace años, como la mejor salida. Por ese motivo, cada vez que el tiempo acompañaba -algo muy inhabitual en su zona- los comerciantes de los pequeños locales madrugaban un poco más de lo normal para llegar antes al establecimiento y sacar las cajas de frutas y verduras a las aceras colindantes. Claro que, también había excepciones a la regla. Estaban aquellos que no madrugaban más al ver un rayo de sol mañanero, si no que optaban por seguir con su rutina horaria para despegarse del colchón y aplazaban, luego, la hora de apertura de la tienda para que le diese tiempo a llevar a cabo el citado ritual de salida de mercancías.
Pues bien, cuando esto pasaba, su pensamiento se repetía: estira la mano, coge una y echa a correr. Una fresa, una manzana, una naranja o cualquier otro fruto de temporada.
No, no está bien -dirían unos. No tienes el valor suficiente como para atreverte a hacerlo -dirían otros. Tal vez fueran los más osados los únicos que mencionaran la afirmación ante la propuesta. Eses que, en medio de una ciudad como aquella, sentían lo mismo que ella el contremplar el hecho.
¿Acaso, en el supuesto de llegar a hacerlo, se podría considerar robo? Pero vamos a ver, si a ella siempre le habían dicho que "robar fruta no era robar". Tenía dotes de artista, de actriz, podía coger incluso dos o tres pequeños frutos sin que nadie se enterase, y estaba segura de ello.
Además, la mayoría de las dependientas eran raras, muy raras, y ancianas. En caso de que estas se percatasen y saliesen a su encuentro, siempre podía usar el tópico-típico de "si, he cogido una porque quería probar cómo estaban y luego comprarselas". Al fin y al cabo, ¿no es así cómo se arreglan la mayor parte de los "robos", bajo la apariencia de la normalidad y la educación?

5.10.12

174.

Las personas tenemos una virtud, la camaleónica, y, por consiguiente, tenemos también un derecho, la inocencia. Esa palabra que, en dicho caso, no hace referencia a lo buenos que podamos ser.
Claro que no. Somos malos, somos malos y lo sabemos mas queremos desconocerlo. La inocencia no viene a significar en nosotros, reptiles de altos árboles, aquella buena voluntad de no ver cómo se camuflan ante ti. De cómo te mienten en la cara.
"Tu también puedes hacerlo" - se dirán.
-Si, es cierto, pero opté por desechar esa opción hace tiempo. ¿Mi culpa? Si, por confiar en que, esta vez, pudiese salir bien. Por intuir, lamentablemente equivocada, que esta vez pudiese llegar a ser verdad.
Firmado: un ex-camaleón.