8.10.12

176.

Y entonces, cuando ya no esperaba nada mejor del día, se decidió a levantarse del sofá y mirar por la ventana. La lluvia seguía manteniendo la misma fuerza que hace... ¿cuánto tiempo había pasado? ¿tres horas? Tal vez ya cuatro pero si, la misma fuerza y el mismo ritmo de caída del agua, en vertical.
El cauce río estaba a nada de salirse de su cerco de hierba y por las calles peatonales no se presenciaba un alma. Bueno, tal vez no estaba bien pensar en almas cuando la mayoría de los que vivían a sus alrededores carecían de ella. Rectificó, y pensó que por las calle no caminaba nadie. En general.
Piña. De repente le llego un olor familiar, a piña. Era una de las frutas favoritas de su hermana desde que tenía recuerdos.
Sintiendo que los cambios que esperaba, con el movimiento de las agujas del reloj, no se producían, decidió volver sobre sus pasos y disfrutar del mueble por excelencia del salón mas, al pasar al lado de la “estantería de la abuela” -así la llamaba porque el primer libro que, ya no recordaba quién, se había colocado en ella era de la vieja Agatha Christie. Desde siempre le había encantado el género pero, su desproporcional rechazo por la lectura, había instaurado en su persona la preferencia por las películas o versiones documentales. Las hojas escritas, cómo no, eran más para la gustosa de la piña.
Ahora ya no percibía ese citado olor ¿sería sólo cosa de la zona de los ventanales?
La simple curiosidad, junto con el “no tener nada que hacer”, consiguió que se arrodillase sobre la alfombra color marrón y buscase, de entre todas aquellas reliquias narrativas, la pionera en explorar el lugar.
Lo recordaba con una tapa de color verde oscuro, o quizás gris gastado. Realmente, solo estaba seguro de una cosa: la no confianza que tenía en sus recuerdos en ese momento. Así, que optó por la vía sencilla, la de buscar directamente el nombre de la escritora de misterio por antonomasia en los laterales de los libros.
Le costó ¿para qué negarlo? Veinte minutos largos estuvo sobre la moqueta leyendo títulos pintorescos y desconocidos pero, al final, lo logró. Asesinato en el Orient Express, de cubierta verde grisácea.
Al parecer, su memoria no estaba tan mal.
Volvió al sofá con el ejemplar entre las manos, se acomodó y se dispuso a “ojearlo”. No caería en ese mal vicio de empezarlo para no poder parar luego. Tras tres minutos se arrepintió de haberlo abierto, la página donde figuraba el título interior estaba escrita: “¿Qué harías tú llegado al segundo párrafo de la 209?”.
Maldita manía social de escribir en los libros, pensó. Ahora tendría que leerse al menos las primeras 209 páginas, pues la tarde no iba a mejorar y la incertidumbre en él ya la había sembrado aquella destartalada pregunta.
Fuese quien fuese la persona que la había escrito.

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