9.10.12

177.

-¿Quieren tomar café?
-No, gracias
-Si, por favor

Ambas respuestas se entremezclaban en una incómoda sintonía. Ellos, el joven universitario y la anciana viajera, se rieron por la gracia incomprensible del momento mas, la azafata, manteniendo su profesionalidad por delante de todo, sacaba solamente una cucharilla de plástico y una taza, vertiendo en ella parte del caliente café del termo.

-¿Con leche?
-Si, por favor. Póngale un chorrito.

-Si lo tomo solo luego no duermo bien y en estos cacharros ya se sabe...- mencionaba ella ya, esta vez, mirando al joven.

El, sin mencionar palabra, optaba por contestarle con una sonrisa fina, pues tal vez aquella señora -gustosa del café agrio, pues no le había pedido azúcar a la azafata- no había caído en la cuenta de que su escucha total y clara estaba impedida al otro lado de su cara, donde penduraba uno de los cascos de música que ofrecía el avión.

El de ambos era un trayecto largo, cruzando continentes y parte de las aguas del Índico. La diferencia de edad entre ellos ascendía a más de 30 años pero se notaba que, tanto una como otros, no eran principiantes en vuelos largos. Todo buen viajero sabe que lo esencial es mantenerse enérgico y despierto durante las primeras horas, las de más calma en el seno de la tripulación; intentar fomentar al máximo su cansancio luego y, finalmente, acabar cayendo en los brazos de Morfeo, hasta que sea el golpe de las ruedas del avión contra la pista de aterrizaje el que actúe como despertador. Tal vez por tener conocimiento de esta triple regla, aquella extraña mujer, con la que compartía lugar de asiento y ventanilla, necesitaba el café. Y por eso también el optaba por el canal de música rock, el número 8.

Sonaba “..with the lights out it's less dangerous, here we are now. Entertain us... y la señora entregaba ya el pocillo a la mujer uniformada de negro y rojo. El momento se temía pero, teniendo en cuenta el cruce de respuestas que habían tenido minutos atrás, que llegaría, lo sabían los dos.

Horas después, tras la comida y llegados a la mitad de la segunda fase de “la trilogía de los pájaros de acero”, Pablo y Jane compartían anécdotas y opiniones.

-Hemos empezado tarde, Pablo -ahora el ya sabía que su acento provenía de la parte alta de Holanda- pues, cómo ya sabrás, en poco tiempo entraremos ya en el ciclo final del viaje.
-¿La hora de dormir? -le dijo él con un tono inocente e irónico.

No falló. El golpe ruedas-suelo fue el anunciante de que, en escasos 10 minutos, todos los pasajeros podrían estar pisando terreno australiano.

-Perdone señora, debe usted abandonar el avión. Ya hemos llegado -le mencionaba una azafata más joven que la que servía el café a la viajera holandesa. – Venga, que la acompaño.

La maleta de Jane figuraba ya en el asiento libre de su lado, el del pasillo. Ella, entre confusa y desubicada, pensaba sólo en el motivo por el cual su joven amigo no la había despertado.

Recogió sus pertenencias y se sujetó a la mano de la mujer que se había ofrecido a acompañarla. Llegada ya al interior del aeropuerto, un amable trabajador le dio el aviso:

-Disculpe señora, lleva un papel en la solapa de su bolso. Y está a punto de caerle.

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