11.10.12

178.

Maldita la hora en la que mi “caballerosidad” había tomado partido en la conversación. ¿Por qué narices habría abierto la boca?

-No os preocupéis, ya me encargo yo de pasarle un agua a los platos.

Con las manos empapadas en jabón uno se da cuenta de que las sonrisas de todas las señoritas presentes en la mesa no son suficientes para compensar tal labor.

-¿De verdad? Podemos echarte una mano, que son muchos cacharros para una sola persona.

Claro, la educación ajena por delante siempre, y mi estupidez y ansias hospitalarias adelantando en la carrera. Maldita la hora, maldita y otra vez maldita.

-No, confiad en mi y tomaos unas copas tranquilas en la terraza. De esto me ocupo yo.

El reflejo de la ventana, que el fregadero tenía delante, le mostraba los gestos y poses más femeninas de la noche. No se habían comportado así durante la cena, se notaba que el vino empezaba a hacer efecto.

-Vale, todo tuyo entonces. Te esperamos fuera cariño, no tardes.

Su mujer la más correcta. Siempre. ¿Cómo se puede ensuciar tanto un plato, incluso un ridículo cubierto, con tan poca comida? Ella claro... Ella empeñada en hacer su salsa al chocolate para el manjar.

-Ahora os alcanzo.

El agua parecía, ya, estar agotada de ver tanto plato similar, más incluso que yo mismo. Cansadas debían estar también las compañeras de trabajo de “my girl”, o eso o que ya tenían ganas de comprobar si sus parejas también estaban en casa, porque el reflejo de la ventana enseñaba los besos y despedidas entre todas.

Seguramente ninguno de ellos se encuentra limpiando tanto como yo” pensé.

Sumido en mi última lucha ya contra aquella vajilla, el secado, fui interrumpido por un pequeño y sutil ruido. ¿Un cristal contra el suelo? Genial, vamos. Genial. No quise ni darme la vuelta, ni lo hice, porque sabía que ella me iba a regalar la mayor de sus sonrisas, irresistibles por cierto, y conseguiría que fuese yo a recogerlo sin que apenas me lo pidiese. Total, ya puestos a colaborar con las tareas...

Estaba ya a tan solo cinco piezas para moverme de aquella parcela de la casa, a la cual le estaba cogiendo una rabia tremenda. Era raro que no me dijese nada o no escucharla al menos blasfemar contra el “motivo” de la caída de la copa.

-Morena, ¿está todo bien?

Su ausencia de contestación y en el reflejo en mi ventana de vigilancia personal hizo que la situación dejase de ser simpática. Dejé el último cubierto posado sobre el paño, sin secar, y corrí hacía la plaqueta de la terraza. Efectivamente, allí estaban los restos de su copa. Supe que era la suya porque había sido la única que se había servido un vino tinto, y en el suelo estaba la prueba.

-Oye, de verdad, ¿dónde te has metido?

En el terreno de césped no había signos de feminidad y el portal de la salida estaba cerrado. Entonces, no había ido a acompañar a ninguna de sus colegas hasta la calle.
Fue entonces, al ver uno de sus zapatos de tacón delante de la entrada al trastero del jardín, cuando me percaté de que sólo tenía ganas de jugar. 

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