15.10.12

179.

-Tiene novia
-Bueno ¿y qué? ¿La gente dura en pareja toda la vida? No, pues venga. Hazlo
-Que no, no insistas. Paso de hacer tales locuras, además ¡no son horas!
-¿No son horas? ¿Desde cuando hay hora para meter un papel por debajo de la puerta?
-¿Y si no lo ve? ¿O si lo coge para tirarlo sin más?
-Vamos a ver ¿cuántos años tenemos? ¿Seis?
-Oye, que preguntes tú eso... Estás ideando el meter papelitos por debajo de puertas ajenas...

La conversación telefónica se cortó y, por un lado, la curiosidad y por otro la indecisión lograron que no hubiese otro diálogo minutos más tarde.

La verdad es que no perdía nada en intentarlo. No implica nada, aun teniendo a alguien lo escrito en el papel no tiene malicia y tan solo son, a lo mucho, cinco minutos de "sufrimiento".
No lo va a hacer, seguro. Se meterá en cama y se lamentará las próximas veces que se cruce con el por las escaleras del edificio. No aprende, es que no aprende.

Un fugaz arrebato de valor o, más probablemente, el querer darle con la valentía en las narices a su amiga hizo que corriese al bolso. Cogió una de las hojas en blanco de la agenda y lo anotó. Nueve cifras seguidas de un "se me olvidó antes, por si acaso". Delante de la puerta dudó, unos minutos, si subir en ascensor o por las escaleras. Aprovechando el vestuario deportivo de sus pies optó pos la segunda vía. Subió tranquila, se acercó a la puerta, metió el papel por debajo de la puerta y bajó como un rayo las dieciocho escaleras hasta su puerta. Si, las había contado.
Ahora, llegaba el peor momento: la espera. ¿Llamaría a la autora de la idea para decírselo o estaría ya dormida? No, demasiado tarde. Se metió entre el colchón y las mantas de noviembre, y cerró los ojos. Primero una oveja, luego otra. En medio, una vuelta sobre sí misma. Diez minutos después otra, miradas al teléfono y nerviosismo, sin sentido, dentro de su cabeza. ¿Remordimientos ahora? Estaba ya demasiado cansada.

Estaba sonando ya el despertador ¿de verdad? El sueño aún la mantenía atada a su cama pero tenía que ir a clase. Espera, para, para, para... ¡Espera!

Esa, no era la melodía del despertador.

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