16.10.12

180.

Yo mismo fui testigo del cambio que dio. Los primeros años no pude comprobarlo porque, pese a estar presente en determinados contextos, mi corta edad y mi aun no desarrollado cerebro -memoria- me impidió retener las imágenes del comportamiento de aquel viejo cascarrabias; del que solo recuerdo eso: la repetida autodefinición diaria “un viejo cascarrabias”.
De mi abuela, ya ni el tiempo de oídas experimenté. Murió muchos años antes de yo nacer pero mi madre me la recuerda como alguien semejante a ella, mas de un modo mucho más benévolo. Nunca he podido imaginarla, no he conocido a nadie con más bondad, interna y externa, que mi madre.
El paso de los años fue la prueba de que aquel viejo de pantalones desgastados y zapatillas de casa se transformaba, poco a poco, en el hombre maduro de jerséis de pico y cinturones de piel. Ya no preguntaba por el motivo de todo lo que pasaba a su alrededor, sino que se preocupaba más por cómo acontecían las cosas fuera de las cuatro paredes de su casa y, aun siendo raro, empezaba a asimilar el ritual -espontáneo-de regalar los “buenos días” a todos los que compartíamos mesa, con él, en cada desayuno.
Pasó durante la tarde del 3 de abril, de hace cuatro años, pero yo me enteré de la verdad ya entrada la madrugada del día 4. Estaba afeitándose y me llamó para que lo ayudase a escoger una camisa del armario de la derecha. Si, era un hombre con demasiada ropa, siempre lo dice la buena de su hija y, por ello, tenía dos guardarropas. Revolviendo las perchas, solo alcancé a oír un “otra vez no, hoy no por favor”. Tras eso, un pestañeo y mi madre y mi tía lo sostenían sobre la cama. Repetía que aguantaría, que no le podía estar pasando eso ahora. Me mandaron retirarme de su habitación y lo hice, no sin antes indicarle que la mejor era la gris de bordes y botones negros. “Que duermas bien, hijo”, me sonrió. Esa fue su despedida.
Esa madrugada, ya en el hospital, mi tía (la segunda mejor persona que conozco) me sentó al lado de la maquina de cafés y me explicó que el abuelo llevaba ya tiempo teniendo ciertos problemas que lo hacían no poder respirar, con total normalidad, y que el motivo de su desesperación esa tarde era la imposibilidad de quedar y explicárselo a Carmen. Su nueva amiga.
Desde aquel día, el viejo ex-cascarrabias duerme, en un coma profundo, en la habitación 314 del hospital que dobla da calle León. Yo no he llegado a conocer nunca a Carmen ni le he podido explicar el motivo por el cual mi abuelo no apareció a su cita de aquel pasado 3 de abril, mas lo he intentado muchas veces. Pese a todo, a no ser el mejor abuelo de todos, lo visito todos los días de cinco a seis y media. A esa hora, indistintamente, me recoge en la puerta mi madre o mi tía. Ayer, pensando que por fin sería el día en que yo le pudiese devolver la sonrisa a mi abuelo y desearle también las buenas noches, he escuchado a un señor que pasaba por delante de la 314 preguntarle a la enfermera “¿el pequeño nieto de Carmen aún sigue visitando a su abuelo?”. “Una hora y media todos los días, desde hace cuatro años”, le respondió ella, Encarna.

Alejandro, tú si llegaste a conocer a tu abuela, Carmen. Hasta hace dos años era ella la que te traía a clase.

- Ya señorita, pero usted dijo que el tema de nuestra redacción debía ser la forma en la que nos gustaría recordar nuestra vida el día de mañana. A mí me gustaría recordar a mi abuelo sonriendo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario