27.10.12

183.

Aparcó cerca del muelle e hizo tiempo. Estaba completamente seguro de que no iba a aguantar hasta la “hora tope” pero si podía intentar esperar hasta que esta se acercase algo y probar suerte.
El pueblo estaba muy tranquilo: los coches aparcados perfectamente en línea -solitarios-, el mar manteniendo la llanura de un plato -penetrado por decenas de pequeños botes-, la carretera alumbrada por escaparates y farolas -viejas y abandonadas- y las calles... las calles mostraban su virginidad -interior y exterior-.
Las dos y media. Demasiado temprano.
Revolvió los compartimentos del coche, ordenó la lista de discos musicales que contenía en la cartuchera verde e, incluso aprovechó para subrayar algunas de las citas del libro que, esa tarde, había retirado del fondo de la biblioteca. Miraba el reloj cada tres minutos pero los dígitos parecían seguir inmóviles.
Las tres menos veinticinco, pasadas. Demasiado temprano.
La tranquilidad de la noche le invitó a pensar en lo que estaba haciendo. La canción que sonaba en la radio lo hizo decidirse. Embrague, primera, freno de mano, luces y dirección norte.
Ya en casa: cierre de garaje, treinta y dos escaleras por subir, una ducha rápida y cobertura de sábanas. Más tarde, dos pares de sueños -entremezclados con una pesadilla- y descanso profundo.

-Buenos días.

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