29.10.12

184.

El impacto se produjo por la izquierda, por el lado del copiloto, pero el golpe afectó más a la parte trasera del coche que a la de delante.
Aquel todo-terreno había cometido un error al creer que el semáforo abría, mostrando el color verde, para todas las direcciones del cruce cuando, realmente, no lo hacía para la que el quería tomar: la contraria a la derecha.
Acostumbrado a una conducción rápida y brusca, en una carretera amplia y poco transitada, no se había imaginado que alguien se dirigía, a esas horas, hacia el aeropuerto.
Los faros del auto impactante reflejaron en el cristalino del conductor del auto impactado y, pocos minutos después, solo dos ocupantes eran capaces de recobrar el conocimiento.
El joven viajero, de la parte de atrás del turismo, fue el que presenció el diálogo previo al choque. Delante, su chica y su mejor amigo compartiendo gustos musicales e intercambiando opiniones de cuál había sido el mejor solista aficionado -del rock suburbano de américa- de la pasada década.
Directos a recoger a la prima de su chica, acabada de llegar de España, el último semáforo de la recta hacia la terminal sorprendía a su cuentakilómetros cambiando, repentinamente, al rojo brillante. La reducción de marchas y la parada completa del automóvil, habían llevado a ambos a discutir por si pulsar (mientras tanto) el botón de la radio, que reproducía el siguiente tema, o si  mantenerse en el actual.
Como de la nada, y sin sentido alguno, ella, sentada al volante, le agradeció algo que -a día de hoy- el joven sentado atrás sigue desconociendo:

-Gracias por hacer esto por mi

Tragando saliva él, y aferrándose a sus palabras, se limitó a contestarle humildemente:

-¿Para eso están los amigos, no?
-Si

Luego fueron los reflejos lumínicos, el sonido chirriante de los frenos y el amargo estruendo del golpe. Ruedas de camillas agitándose y pitidos incómodos de hospital.

No hay comentarios:

Publicar un comentario