9.11.12

186.

Pulsó el botón gris y comenzó a hablarle en un tono que no le hacía justicia a su incompetencia. Había llegado tarde, sí, pero era el jefe de la oficina. No tenía que rendirle cuentas a nadie y su labor, la de Mercedes, era la de tener todo impoluto y organizado en su lugar desde el minuto cero del comienzo de su jornada laboral.
Esperando a que se asomase por la puerta con la cabeza baja y su café doble en la taza marrón, se sumó a la causa adelantando el trabajo que no le correspondía -mover los archivadores usados el día anterior a sus correspondientes estantes-.

-¿Por qué no has llamado al entrar?
-Perdone, sabía que estaba usted ya en su despacho y esperándome. Me acaba de informar de ello por el teléfono
-¿Informar? Ya sabía yo que había sido demasiado benévolo... ¿Puede explicarme las razones por las cuales su trabajo no estaba visible cuando yo he llegado?
-Disculpe señor pero usted dijo, ayer, que hoy no llegaría hasta las doce
-Mercedes, pase. Deje el café en la mesa y siéntese.

Ella, tras meses ya de trabajo en el bufete, cumplió eficientemente con su orden.

-Dígame -dijo él acercando su mano a la taza caliente-, ¿a qué hora empieza usted a trabajar aquí diariamente?
-A las nueve y media, señor

Aproximando la taza a la boca, frenó en seco para matizar:

-Espero que su incompetencia no le haya impedido acordarse de ponerle tres azucarillos a mi café

Con la cabeza baja, ella le informó de que las tres porciones figuraban correctamente en el pocillo. Probándolo y aprobándolo, el asintió y continuó con su discurso.

-Mercedes, ¿cree usted que el que yo hubiese informado, de manera correcta, de que hoy entraría en el despacho dos horas más tarde de lo habitual le da derecho a no tener el trabajo hecho y cumplido para la hora que le corresponde? Osea, a las diez. No, no me conteste, lo haré yo: no, no tiene usted derecho. Y le diré por qué. Porque la señorita usted cobra por hacer un trabajo que yo, a sabiendas que no me implica, se lo dejo preparado de un día para otro. Facilitándole sus tareas.
-Si señor, pero...
-No, déjeme acabar por favor. ¿Ve esos cuatro archivadores de la segunda estantería?
-Si, claro que los veo señor. Son los correspondientes a las reuniones de ayer
-Exacto ¿y sabe quién los ha colocado en su lugar?
-¿Usted?
-Afirmativo. Yo. ¿Es que usted no le llegaba? ¿No se ha subido hoy en esos característicos tacones suyos para pasearse por las oficinas? Venga, muéstrese. Levántese y venga hacia aquí

Sin mediar palabra, ella desconectó el teléfono del despacho al levantarse de la silla y, mostrando ciertamente sus altos tacones negros, se dirigió a la estantería donde él la esperaba.

-Veo que, pese a todo, no es usted tan boba, señorita Mercedes

Bajando el tono ya y mirando hacia el pasillo, empezó a comprobar otro de los requisitos por los cuales le había dado el trabajo a aquella mojigata de facultad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario