16.11.12

188.


Y cómo única -y última- forma de acercarse a él (irónico, dado a que estaba a casi 300 kilómetros de distancia) decidió volver a desenfundar las baquetas. Buscó las llaves del sótano y se puso un calzado cómodo.
Hasta la puerta sucedánea había un total de quince escaleras, hacia abajo, y, luego, cuatro interruptores con los que jugar a confundirse. Entre madera usada, estantes llenos de cajas forradas de polvo y una colección de motos desusada, encontró el cachivache que buscaba. Se presentaba cubierto con una funda gris oscura, la cual voló por los aires para desgracia de los (no) presentes alérgicos a los ácaros.
Allí estaba.
Los platillos, el bombo, la caja, el contratiempos y los toms relucientes como el día que los había visto en el escaparate de Tommy´s Music. El cuero del asiento seguía resaltando aquel particular color verde que, aun a día de hoy, desconocía porque lo había escogido. Se sentó, sin necesidad de remangarse el pantalón, cómo él si lo hacía, y buscó bajo los pies metálicos del hit hat. Seguía en su lugar, como no podía ser de otra manera. Una funda negra llena de firmas rotuladas de los músicos más grandes de su época.
La había encontrado dos meses después de haber realizado a inversión de su adolescencia y no fue quién de desprenderse de ella a lo largo de sus estaciones. Dentro, sus dos viejas baquetas, con algún resquicio de olor a sudor.
Colocándolas cómo siempre, a derecha e izquierda, detenidamente, cerró los ojos. Levantó los brazos con una fuerza matinal y, dejándolos caer, gritó un “va por ti”. El lo entendería así.

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