19.11.12

189.

Era un hombre al que no había visto nunca antes. De estatura media, ancho -bastante ancho-, con las piernas cortas. Cojeaba a veces, por eso se ayudaba de un bastón de caña. La cara... no la recordaba, le era imposible. Pero creía tener una imagen, borrosa, de que semejaba una apariencia de hombre simple, de unos cincuenta y bastantes años. Con entradas profundas y pelo largo, sin llegar a los hombros, ya canoso. Y sí, eso si lo tenía claro, prestaba una fidelidad, recíproca, a un pequeño perro marrón.
El caso es que, sin haberse cruzado nunca con él, le temía. Su pueblo era pequeño, su urbanización lo era aún más y, sin motivos palpables, el sentimiento y sensación de que la perseguía para hacerle daño, estaba con ella presente desde que se levantaba hasta que cerraba los ojos para dejarse caer en los brazos de Morfeo.
Hacía dos semanas que había empezado el calvario. Empezó con los sonidos extraños del portal de atrás de su casa, el más próximo a su habitación; con las sombras, durante la tarde, tras las cortinas del ventanal de su escritorio de trabajo. Después, fueron los comentarios a su familia. Y las risas. Nunca había pasado nada antes por la zona y no sería ese el momento en el que pasase. Entre las rarezas que la “perseguían” y la disminución de importancia que sus familiares le mostraban, creía estar volviéndose loca. Es más, a veces, llegó incluso a pensar que todo lo que sentía y percibía solo lo vivía en sueños nocturnos. Malos sueños, pesadillas.
Tal vez fuera esa la razón por la cual todos la ignoraban, ya, cuando daba los detalles que de él tenía, porque solo ella lo veía en sus momentos de coma particular, y los demás no sabían nada de su personaje antagonista. Mezcla entre realidad e inventiva. Difuso límite entre el miedo palpable y el temor interno.
La situación fue a peor, las tres últimas noches soñaba ya con él. Con las persecuciones que ambos mantenían. Ella, indefensa, siempre trataba de convencer a los presentes a su alrededor que aquel hombre quería, pretendía, herirla. Nadie hacía nada y, como por suerte, la pesadilla ponía fin siempre antes de que aquel señor entrado en edad y su perro la alcanzasen.
El último día, volviendo de sabe quién dónde, acompañada de su madre y su hermana -esta última más atrás, como siempre independiente- ocurrió lo que se temía: la veracidad.
A escasos treinta metros de su casa, apareció como de la nada aquel hombre, su bastón y su perro. Parada en seco, agarrando el brazo de su progenitora, vio como todas las imágenes y recuerdos que de él tenía pasaban por su inconsciente, a color, a una velocidad de 3 imágenes por segundo. Los toquecitos de caña contra la pared, la falta de papeles cada vez que la ventana de su estudio quedaba abierta por motivos del calor veraniego, los ladridos a lo lejos... Y, entonces, lo recordó. Lo recordó medio sentado sobre el pequeño muro que separaba la pequeña parcela trasera de su casa. Intentando entrar o salir.

Se soltó de su madre y corrió hacia ambos:

-¡Déjeme en paz! Se lo advierto. Sé que es usted el que me atormenta y no voy a dejar que se acerque a mi ni, mucho menos, que me haga daño. Le juro que como vuelva a entrar en mi casa o en mi vida voy a ir a por usted hasta acabar con su vida. ¡Déjeme tranquila!

Su madre, manteniendo la distancia de cordialidad, mostraba una cara de asombro y vergüenza. El era como su hija había descrito pero aquel cojo no había sido visto por nadie del vecindario nunca antes.

-Le juro que lo mato. ¡Está enfermo! No quiero que me vuelva e perseguir, a espiar, a observar desde lejos. ¡Déjeme! ¿Le queda claro? ¡Le digo que me deje de una vez por todas! ¡Déjeme!

La madre fue la que la cogió del brazo a ella esta vez y, levantándole la voz a la hermana pequeña para que se apresurase, continuó el camino hacia el portal de su vivienda.

-¡Que me deje! ¡Recuérdelo! No quiero volver a saber de usted. Váyase al infierno y no me obligue a tener que enviarlo yo hasta allí.
-Oye, basta ya. Entra en casa y hablamos de esto ahora- le susurraba la madre.

Una no daba crédito y otra, con el temor convertido entre nervios y rabia, no sabían por dónde salir de aquel bochorno.

La verdad solo se le reveló a la más pequeña pues cuando, corriendo tras el mandato de su madre, pasó por el lado de aquel individuo con bastón, escuchó que mencionaba muy bajo: “dile Marta que no se preocupe”.

Su voz -hueca, ronca, profunda- le produjo un escalofrío y una vez dentro de casa, al cerrar la puerta, cayó en la cuenta. ¿Por qué sabía un desconocido el nombre de su hermana?

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