5.12.12

193.


Sintió la necesidad de descolgar el teléfono y llamar. No lo hacía, verdaderamente, porque el programa mencionaba uno de esos prefijos que, en el mismo instante de marcarlos, sabes que estás empeñando un órgano vital para tu existencia pero, la verdad, era que estaban -a su parecer- tratando el tema desde un punto de vista muy injusto.

Aquel programada radiofónico, al que sólo recurría las noches que tenía guardia, era de corte sensacionalista y, bien cierto también, que conocido por su opinión radicalizada sobre determinados temas pero lo de esa noche... se les estaba yendo de las manos. Lo de esa noche no tenía ni pies ni cabeza.

Primero empezó por pensar y (re)pensar si realmente el presentador, conductor, locutor, o como quiera que se llamase su función, pensaba interiormente lo que estaba verbalizando o si solo se limitaba a leer diversos papeles, esparcidos sobre la mesa. Esa última idea, la cual le otorgaba más sentido al programa, se le cruzó por la mente al ver -en su propia mesa- todos los informes de esa tarde que debía terminar en menos de tres horas. Antes de finalizar su turno.

Luego, pasó a la siguiente cuestión: ¿quién demonios escribía las líneas de ese guión?

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