25.12.12

197.


Empezó todo un 24 de febrero, paralelismo que quiso mantenerse hasta el final: un 24 de diciembre.
Una fecha festiva marcada por los diferentes y variopintos disfraces portados por toda la sociedad junto a otra en la que, solo son diversos señores gordos, entrados en edad y con baratas barbas canosas, los que se visten de rojo para marcar la distinción de la jornada. Ambos límites englobaban una franja temporal de diez meses -relacionados con la totalidad de estaciones del año- en los que habían pasado infinitas cosas. Demasiadas como para relatarlas de forma vaga e olvidada.
Simplemente, compartir como ejemplo, con todos aquellos gozosos del buen cine y la buena lectura que se quedaron perplejos -a rayas- al consumir la historia de El curioso caso de Benjamin Button sin lograr entender su verdad tras el matiz ficticio, que este caso es igual. Idéntico.
El regalo que debía aparecer debajo del árbol en la madrugada del último mes de la docena, llegó inesperadamente -sin lazo y sin envoltorio- a altas horas del mes más corto; teniendo que ser devuelto futuramente, sin aviso, el mismo día: un 24 de diciembre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario