30.1.13

203.

En el medio de su programa de radio, desde el estudio, escuchó -a través de los auriculares que la conectaban con la pecera de control- cómo sonaba el teléfono. En un momento de “publicidad musical” como el que estaba atravesando la emisión, era normal que las llamadas comenzasen a tomar partido. Mucho menos normal era que lo hiciesen a esas horas: las cinco y cuarto de la mañana.
Tras un polémico debate entre la moralidad o ausencia de la misma de los funcionarios de prisiones en determinadas tareas, sonaba un clásico, “... there's an old man sitting next to me, making love to his tonic and gin...”. No lo había incluido en la lista de temas para esa madrugada pero Lardo, su fiel compañero nocturno, a veces tenía ese tipo de ocurrencias. Esta vez, la elección de Billy Joel con su Piano Man, no podía llegar en un momento más oportuno.

Siguiendo la letra del tema, como hacía siempre con la mente, usaba el sentido de la vista para repasar, atentamente, los papeles del guión que se mantenían aun vírgenes esa noche: dieciséis. Su capacidad de atención estaba al borde de una crisis nerviosa pero no podía arrancarse del pensamiento el hecho de escuchar el teléfono a través de los cascos. Lardo siempre estaba pendiente de mantener el sonido en silencio y visible la luz de llamada, pues así ambos se evitaban problemas. Ella no se distraía y el no tomaba partido en un juego de preguntas y respuestas -la mayoría de veces absurdas y evidentes-.

...and the piano, it sounds like a carnival, and the microphone smells like a beer...”. Su facilidad de retentiva con respecto a las letras de las canciones le indicaba que, en escasos treinta segundos, volverían a estar “en el aire”. ¿Treinta? Lardo debería haberla prevenido ya, con unos toquecitos en el cristal de la pecera, de que faltaba menos de un minuto para entrar en directo. ¿Qué estaba pasando?

Se olvidó de la letra de Billy, del orden de los folios y de la apertura o corte del micro. Alzó la vista hacia los oscuros ojos de su compañero de trabajo y comprobó la realidad de su temor: en control no había presencia humana alguna. El teléfono dejo de sonar y la canción llegaba a su fin: “...and you got us all feeling alright”. Ahora, seguramente, pasaría a iluminarse la luz roja de la puerta del estudio ¿y Lardo? Inconscientemente tenía claro que ese sería el tema de apertura del siguiente bloque.


25.1.13

202.


-Está conociendo a alguien
-¿Lo hablasteis?
-No, si hablamos pero no de eso. No sería muy lógico...
-Entonces, ¿cómo lo sabes?
Esa pregunta... le dolía. Le hacía pensar pero le dolía.
-¿Cómo lo voy a saber?
-No se... no os veis desde hace tanto tiempo o más que nosotros
Esa contestación... le dolía. Le hacía pensar pero le dolía, también.
-¿Te hace un paseo en góndola?

23.1.13

201.


¿Y si te mueres de ganas por qué no cierras la puerta, apagas la luz y me coges de los brazos? ¿Por qué quedarte en la acera de enfrente mirando de reojo cuando realmente quieres cruzar y arrastrarme hacia el interior del portal? ¿Por qué te conformas con no vivir la historia en la que me impides negarme? ¿No es irónico que te refugies en otra cuando podrías atrincherarte en mi cama noche tras noche sin que yo te reprochara nada? ¿No suena sarcástico decirle que te gusta cuando realmente cuando le bajas los pantalones piensas que desciendes por mis piernas? ¿A que estás esperando para olvidarte de la doble vida que tienes montada y empezar a vivir la tuya, pero conmigo? Quizás tienes miedo a, una vez empezado, no ser quien de volver atrás. Miedo a no poder parar. 


17.1.13

200.

El día que tenga que escribir la primera dedicatoria de mi libro -claramente del primogénito- sé que me encontraré en la misma situación que la noche que tenga que enumerar en pequeñas tarjetas -obviamente plastificadas- los agradecimientos de todo aquello que llegue a conseguir.

La primera de las situaciones se desarrollará en una mesa de madera sucedánea, rodeada de papeles y fotos. A mi derecha tendré la puerta -y un ya usado sofá- y a la izquierda aquel ordenador que raramente se volvió a usar desde que la informática comenzó a dar pasos... saltos agigantados. Seguramente trazaré la frase sentada, con ropa cómoda, en un pequeño taburete de tres patas. Bien sabido es que la silla moderna, la roja, siempre ha sido para los que nacen antes.

Prosiguiendo, aclararé que la segunda acción empezará en un cóctel a medianoche. Rodeada de toda aquella gente que, pese a no conocerme, hará lo imposible por lucir sus elegantes vestimentas al alcanzar un canapé, de la bandeja de los camareros. Por obligación más que por devoción, tendré que subirme a lo que los organizadores del evento “arreglen” como escenario y, por supuesto, hablar delante de un micro. Quien dice hablar, dice leer las tarjetas mencionadas anteriormente. Por fortuna, no lo haré ya del mismo modo en el que alguien, a quien conozco demasiado bien, se molesta en recordarme cada vez que se le pasa por la mente mi primera intervención “radiofónica”.

Este sujeto del que hablo es de los que echan la cabeza hacia atrás, expresivamente, al compás de la emisión de sus carcajadas. Opuestamente, la persona que conoce al dedillo el escenario de mi primera actuación, opta por reírse a medida que su cabeza se dobla hacia delante, de manera involuntaria. Conozco esta detallada información de cada uno de ellos porque son, probablemente, el jin y el jan de todas mis aventuras. Los conozco porque son los que se ríen conmigo y ¿por qué no? También de mi, si la situación se presta -y si no... también-. Cuestión de confianza.

La primera es la parte femenina, interior, alocada y cercana. La segunda es la masculina, la que mejor exterioriza la cordura y la que, con más valor si cabe, rompe la regla -no escrita- de las venturas y desventuras que causa la distancia.

Dicho esto, creo que la fórmula expresa claramente el resultado: a cada uno de ellos les pertenecerán mis palabras escritas y mis palabras verbales. ¿En qué orden? Es indiferente -no creo que se peleen por ello-, pues de cualquier forma, todos los pequeños detalles de esta historia están reservados -y dedicados- íntegramente a ambos. A mis otros yo. ¿A quienes? Ellos lo saben y yo... sintiéndolo mucho me quedo sin espacio en la contraportada y... ¡vaya! Se me han acabado también las tarjetas.

11.1.13

199.


Vaya...

Fue lo que pensó y lo que, involuntariamente, también murmuró. La buena noticia es que no había nadie allí para escuchando. La mala, también era esa.

Ya iban allá casi más de cincuenta años, suena y se pronuncia demasiado rápido, pero equivalían a más de cuarenta temporadas. Pese a todo, al poco valor de la fonética, se encontraba, ahora, donde nunca antes se había atrevido a situarse, en la primera fila de la grada.

Manía o ritual, en sus años como jugador jamás se había subido a dicha área. Pasando a formar parte de una tradición, tampoco lo había hecho en los días siguientes, en aquellos en los que ya no formaba parte de un viejo equipo de estrellas que nunca llegaron a ver el brillo intergaláctico.

Sentándose en el frío cemento, sujetó su mano derecha a la barandilla -ahora azul, antes inexistente- y se dedicó a explorar entre su particular jungla. El sonido prolongado de pitidos y silbidos, el griterío multitudinario de los visitantes, el golpe seco de un pie contra un trozo de cuero esférico... Echaba también la mano izquierda al metal pues, la impotencia ante aquellas imágenes sonoras, se le hacía demasiado pesada. Pensó en todos aquellos con los que había compartido tardes de lluvia de aquella tortura diaria rotulada bajo el pseudónimo de entrenamiento, a aquellos gracias a los que se había ganado, más de una vez, la visión hacia un trozo de cartón amarillo. Sinceramente, recordaba mejor a los que le habían hecho ver el color rojo. Absténganse daltónicos.

La mayoría de la (poca) gente que, a lo lejos, pintaba bultos sobre las congeladas escalonadas en las que ahora se ubicada él estaría ya muerta. Quizás algunos en una edad no muy agradable.

Abrió los ojos, soltó ambas manos de la barandilla y bajó hacia la puerta de los vestuarios. Ahora no podía evitar sonreír, al menos emitir una mueca sincera, pero la verdad es que aquella especie de cueva no le traía más que recuerdos trágicos a la mente. Caídas, gritos, charlas, peleas, golpes... vamos, lo que viene siendo el entramado habitual en un vestuario. En la cueva.

Empezaba a anochecer, era un buen momento. Bajo el tablón de anuncios de la pared "de la cantina", los fusibles. Encendió los viejos focos, para ser exactos tres, del campo y, como acción que conlleva a otra, miró su mano. Las llaves de aquella vieja parcela montuna era ya de él. Había deseado tenerlas para sí durante mucho tiempo, había ideado planes en el aire, había dedicado demasiado tiempo en pensar en lo que sobre ella podría llegar a levantar. Había, había, había... pasado.

Las tenía, a sus setenta y dos años, las tenía en sus manos mas, ahora, ¿qué?


7.1.13

198.


La combinación del sonido originado en la mesa de mezclas junto con las luces de tungsteno intercaladas, en el techo y paredes, conseguían que muchos de los veteranos en el arte del licor echasen mano a la barra. Aquella compañera fiel de los que no soportaban la música para la cual hacía falta más que una vieja libreta y un bolígrafo destintado para existir.
¿El protagonista? Aquel veinteañero, sin experiencia previa, que sujetaba con una mano los auriculares mientras, con la otra, jugaba “al tetris” con botones, regletas y discos. Hacía llamarse DJ mas, esa noche, no se habían pasado por el local ninguno de los que conocían su nombre real.
Para destacar -más aun- su ser polifacético, consiguió mantener el casco a ras de su oído izquierdo con la ayuda de su cuello dejando libre la mano que lo sostenía para descubrir el motivo por el cual alumbraba, a esas horas, su teléfono. Obviamente, de última generación.
Y de repente, la pantalla se funde a negro y el ritmo techno de la noche se combina lentamente con el pop para transformarse en un tema light impropio de las imágenes que le acompañan. Una multitud alrededor de dos coches, pares de sirenas acercándose a lo lejos, un joven rompiendo un vaso de cristal contra la pared más cercana y, de entre el caos y la desesperación, brota por fin la última frase del tema que suena. La que explica todo lo que está pasando. El motivo por el cual aquella noche nuestro DJ no escuchó a nadie decir su nombre, ni pedirle un tema.