7.1.13

198.


La combinación del sonido originado en la mesa de mezclas junto con las luces de tungsteno intercaladas, en el techo y paredes, conseguían que muchos de los veteranos en el arte del licor echasen mano a la barra. Aquella compañera fiel de los que no soportaban la música para la cual hacía falta más que una vieja libreta y un bolígrafo destintado para existir.
¿El protagonista? Aquel veinteañero, sin experiencia previa, que sujetaba con una mano los auriculares mientras, con la otra, jugaba “al tetris” con botones, regletas y discos. Hacía llamarse DJ mas, esa noche, no se habían pasado por el local ninguno de los que conocían su nombre real.
Para destacar -más aun- su ser polifacético, consiguió mantener el casco a ras de su oído izquierdo con la ayuda de su cuello dejando libre la mano que lo sostenía para descubrir el motivo por el cual alumbraba, a esas horas, su teléfono. Obviamente, de última generación.
Y de repente, la pantalla se funde a negro y el ritmo techno de la noche se combina lentamente con el pop para transformarse en un tema light impropio de las imágenes que le acompañan. Una multitud alrededor de dos coches, pares de sirenas acercándose a lo lejos, un joven rompiendo un vaso de cristal contra la pared más cercana y, de entre el caos y la desesperación, brota por fin la última frase del tema que suena. La que explica todo lo que está pasando. El motivo por el cual aquella noche nuestro DJ no escuchó a nadie decir su nombre, ni pedirle un tema.

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