11.1.13

199.


Vaya...

Fue lo que pensó y lo que, involuntariamente, también murmuró. La buena noticia es que no había nadie allí para escuchando. La mala, también era esa.

Ya iban allá casi más de cincuenta años, suena y se pronuncia demasiado rápido, pero equivalían a más de cuarenta temporadas. Pese a todo, al poco valor de la fonética, se encontraba, ahora, donde nunca antes se había atrevido a situarse, en la primera fila de la grada.

Manía o ritual, en sus años como jugador jamás se había subido a dicha área. Pasando a formar parte de una tradición, tampoco lo había hecho en los días siguientes, en aquellos en los que ya no formaba parte de un viejo equipo de estrellas que nunca llegaron a ver el brillo intergaláctico.

Sentándose en el frío cemento, sujetó su mano derecha a la barandilla -ahora azul, antes inexistente- y se dedicó a explorar entre su particular jungla. El sonido prolongado de pitidos y silbidos, el griterío multitudinario de los visitantes, el golpe seco de un pie contra un trozo de cuero esférico... Echaba también la mano izquierda al metal pues, la impotencia ante aquellas imágenes sonoras, se le hacía demasiado pesada. Pensó en todos aquellos con los que había compartido tardes de lluvia de aquella tortura diaria rotulada bajo el pseudónimo de entrenamiento, a aquellos gracias a los que se había ganado, más de una vez, la visión hacia un trozo de cartón amarillo. Sinceramente, recordaba mejor a los que le habían hecho ver el color rojo. Absténganse daltónicos.

La mayoría de la (poca) gente que, a lo lejos, pintaba bultos sobre las congeladas escalonadas en las que ahora se ubicada él estaría ya muerta. Quizás algunos en una edad no muy agradable.

Abrió los ojos, soltó ambas manos de la barandilla y bajó hacia la puerta de los vestuarios. Ahora no podía evitar sonreír, al menos emitir una mueca sincera, pero la verdad es que aquella especie de cueva no le traía más que recuerdos trágicos a la mente. Caídas, gritos, charlas, peleas, golpes... vamos, lo que viene siendo el entramado habitual en un vestuario. En la cueva.

Empezaba a anochecer, era un buen momento. Bajo el tablón de anuncios de la pared "de la cantina", los fusibles. Encendió los viejos focos, para ser exactos tres, del campo y, como acción que conlleva a otra, miró su mano. Las llaves de aquella vieja parcela montuna era ya de él. Había deseado tenerlas para sí durante mucho tiempo, había ideado planes en el aire, había dedicado demasiado tiempo en pensar en lo que sobre ella podría llegar a levantar. Había, había, había... pasado.

Las tenía, a sus setenta y dos años, las tenía en sus manos mas, ahora, ¿qué?


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