17.1.13

200.

El día que tenga que escribir la primera dedicatoria de mi libro -claramente del primogénito- sé que me encontraré en la misma situación que la noche que tenga que enumerar en pequeñas tarjetas -obviamente plastificadas- los agradecimientos de todo aquello que llegue a conseguir.

La primera de las situaciones se desarrollará en una mesa de madera sucedánea, rodeada de papeles y fotos. A mi derecha tendré la puerta -y un ya usado sofá- y a la izquierda aquel ordenador que raramente se volvió a usar desde que la informática comenzó a dar pasos... saltos agigantados. Seguramente trazaré la frase sentada, con ropa cómoda, en un pequeño taburete de tres patas. Bien sabido es que la silla moderna, la roja, siempre ha sido para los que nacen antes.

Prosiguiendo, aclararé que la segunda acción empezará en un cóctel a medianoche. Rodeada de toda aquella gente que, pese a no conocerme, hará lo imposible por lucir sus elegantes vestimentas al alcanzar un canapé, de la bandeja de los camareros. Por obligación más que por devoción, tendré que subirme a lo que los organizadores del evento “arreglen” como escenario y, por supuesto, hablar delante de un micro. Quien dice hablar, dice leer las tarjetas mencionadas anteriormente. Por fortuna, no lo haré ya del mismo modo en el que alguien, a quien conozco demasiado bien, se molesta en recordarme cada vez que se le pasa por la mente mi primera intervención “radiofónica”.

Este sujeto del que hablo es de los que echan la cabeza hacia atrás, expresivamente, al compás de la emisión de sus carcajadas. Opuestamente, la persona que conoce al dedillo el escenario de mi primera actuación, opta por reírse a medida que su cabeza se dobla hacia delante, de manera involuntaria. Conozco esta detallada información de cada uno de ellos porque son, probablemente, el jin y el jan de todas mis aventuras. Los conozco porque son los que se ríen conmigo y ¿por qué no? También de mi, si la situación se presta -y si no... también-. Cuestión de confianza.

La primera es la parte femenina, interior, alocada y cercana. La segunda es la masculina, la que mejor exterioriza la cordura y la que, con más valor si cabe, rompe la regla -no escrita- de las venturas y desventuras que causa la distancia.

Dicho esto, creo que la fórmula expresa claramente el resultado: a cada uno de ellos les pertenecerán mis palabras escritas y mis palabras verbales. ¿En qué orden? Es indiferente -no creo que se peleen por ello-, pues de cualquier forma, todos los pequeños detalles de esta historia están reservados -y dedicados- íntegramente a ambos. A mis otros yo. ¿A quienes? Ellos lo saben y yo... sintiéndolo mucho me quedo sin espacio en la contraportada y... ¡vaya! Se me han acabado también las tarjetas.

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