28.2.13

206.


Se que haré mis maletas próximamente, por eso ya no figuran estas debajo de la cama sino apoyadas en la pared izquierda del vestidor. A la par, se que el viaje que emprenderé supondrá el irme para, probablemente, no volver a pisar las mismas baldosas de todos los días. Mi conocimiento también radica en que al montar en ese tren sonreiré por fuera. Obviamente no estamos en un tiempo en el que imperan las grandes vestimentas, los bastones, las peinetas y las despedidas materializadas a través de un pañuelo blanco. Por esto mismo, es por lo que no voy a decirle adiós a una multitud de personas -situadas al borde del andén- mientras las lágrimas ruedan por las caras de todo el mundo, vencidas por la gravedad. Pero, si hay algo de lo que estoy totalmente segura es de que miraré por la ventana cuando el vagón empiece a andar -cuando la sensación de que la tierra se “despega” del suelo penetra en los pasajeros de este medio de transporte- y me acordaré de todos los días que te repetí que te vinieras conmigo.
Al fin y al cabo, ese es el poder de la palabra no. Es fuerte, es demasiado fuerte. Capaz de romper un sueño, de impedir una tragedia y de hacer que alguien -en este caso yo- viaje solo. Esta vez, fui yo la que tuvo que escuchar la negativa. La oí decenas de veces, cientos incluso, y aun así sigo como al principio: controlando la fuerza de la gravedad sobre mis ojos. 

16.2.13

205.


A escasos metros estaba la bandera de llegada y ya no dependía tanto de él como de todos. Manteniendo el ritmo, que venía trayendo desde “millas” marinas atrás, intentaba concentrarse en que también los demás, -los diez- con los que compartía húmedas y maderosas bancadas, estuviesen dibujando el mismo pensamiento. Bajo sus cabelleras.

La que ellos debían rodear finalmente era de color verde, el mismo que el del equipo rival más fuerte con el que se estaban enfrentando -eslorando tal vez- pero, esa tarde parecían tener más suerte de la normal. Le sacaban dos segundos y medio y la oportunidad de vencer -esa vez- estaba a menos de un soplido. A medio resoplido.

Cerró los ojos, paleando y peleando, se limitó a escuchar el molesto sonido de la voz que anunciaba la primera llegada -a meta- de la embarcación correspondiente. La distorsión provocada por el altavoz, cedido por la administración deportiva, no le impidió descifrar el balbuceo de las iniciales de su equipo. Habían ganado.

¿Campeones? Ahora su único temor no era mantener el puesto, ni tan siquiera superarse a si mismo. Los obstáculos -y numerosas preguntas- a los que tendría que hacer frente al desembarcar tampoco eran su puntum mental. Lo primero era no dejarse el alma en un grito al despegar las palmas de las manos de los remos. Ni la cinta protectora ayudaría esta vez. Si eso salía bien, ver la silueta de ella en lo alto del muelle era el postre que lo haría definitivamente coronarse como campeón. Ella se encargaría de recordárselo. Seguro. 

5.2.13

204.

¿Serías capaz de tocarla otra vez?
¿Qué? No me mires así porque te lo estoy preguntando totalmente en serio.
¿Podrías tocarla de nuevo? ¿De la misma forma?
¿Qué? ¿No haces ni dices nada? ¿Se supone que lo tengo que interpretar como un no?
¿Es algún tipo de psicología inversa? ¿Una tortura? ¿Un capricho del momento?
¿Por qué no reaccionas? Te digo que no me mires así, hablo en serio.
¿De verdad no vas a responderme? ¿Significa eso que no, que no serías capaz?




¿Puedo yo ya? ¿A que vienen tantas preguntas si ya la has escuchado una vez?