16.2.13

205.


A escasos metros estaba la bandera de llegada y ya no dependía tanto de él como de todos. Manteniendo el ritmo, que venía trayendo desde “millas” marinas atrás, intentaba concentrarse en que también los demás, -los diez- con los que compartía húmedas y maderosas bancadas, estuviesen dibujando el mismo pensamiento. Bajo sus cabelleras.

La que ellos debían rodear finalmente era de color verde, el mismo que el del equipo rival más fuerte con el que se estaban enfrentando -eslorando tal vez- pero, esa tarde parecían tener más suerte de la normal. Le sacaban dos segundos y medio y la oportunidad de vencer -esa vez- estaba a menos de un soplido. A medio resoplido.

Cerró los ojos, paleando y peleando, se limitó a escuchar el molesto sonido de la voz que anunciaba la primera llegada -a meta- de la embarcación correspondiente. La distorsión provocada por el altavoz, cedido por la administración deportiva, no le impidió descifrar el balbuceo de las iniciales de su equipo. Habían ganado.

¿Campeones? Ahora su único temor no era mantener el puesto, ni tan siquiera superarse a si mismo. Los obstáculos -y numerosas preguntas- a los que tendría que hacer frente al desembarcar tampoco eran su puntum mental. Lo primero era no dejarse el alma en un grito al despegar las palmas de las manos de los remos. Ni la cinta protectora ayudaría esta vez. Si eso salía bien, ver la silueta de ella en lo alto del muelle era el postre que lo haría definitivamente coronarse como campeón. Ella se encargaría de recordárselo. Seguro. 

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