28.2.13

206.


Se que haré mis maletas próximamente, por eso ya no figuran estas debajo de la cama sino apoyadas en la pared izquierda del vestidor. A la par, se que el viaje que emprenderé supondrá el irme para, probablemente, no volver a pisar las mismas baldosas de todos los días. Mi conocimiento también radica en que al montar en ese tren sonreiré por fuera. Obviamente no estamos en un tiempo en el que imperan las grandes vestimentas, los bastones, las peinetas y las despedidas materializadas a través de un pañuelo blanco. Por esto mismo, es por lo que no voy a decirle adiós a una multitud de personas -situadas al borde del andén- mientras las lágrimas ruedan por las caras de todo el mundo, vencidas por la gravedad. Pero, si hay algo de lo que estoy totalmente segura es de que miraré por la ventana cuando el vagón empiece a andar -cuando la sensación de que la tierra se “despega” del suelo penetra en los pasajeros de este medio de transporte- y me acordaré de todos los días que te repetí que te vinieras conmigo.
Al fin y al cabo, ese es el poder de la palabra no. Es fuerte, es demasiado fuerte. Capaz de romper un sueño, de impedir una tragedia y de hacer que alguien -en este caso yo- viaje solo. Esta vez, fui yo la que tuvo que escuchar la negativa. La oí decenas de veces, cientos incluso, y aun así sigo como al principio: controlando la fuerza de la gravedad sobre mis ojos. 

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