21.3.13

211.


Paso a ser, en poco tiempo, el grupo de música que elegiría -dentro de unos años- para que interpretase todos los temas de la Banda Sonora Original, de la película de su vida. ¿Lo más raro? Que si miraba hacia atrás, no mucho, tal vez sólo tres o cuatro meses, ni siquiera hubiese pestañeado al escuchar el nombre de aquella banda.

Desde el otro lado del océano, los susodichos eran una de esas “pandillas” de amigos que empiezan haciendo ruido en una de las habitaciones perdidas -del que, de todos ellos, contaba los padres más permisivos-. Empezando a gritos, pasando por audiciones gratuitas -y que sabían a gloria- en los bares más remotos de los pueblos colindantes y hasta llegar a lo que hoy eran, habían pasado más de treinta años.

Así, con “la vejez escondida en cada parada obligada por el color rojo del semáforo”, es como aún a día de hoy siguen manteniendo la filosofía de “lo que nace en el grupo es del grupo”: forma parte de nosotros, somos nosotros. Con un eslogan tan poco original como el mencionado, los ya no tan chiquillos consideran el actuar bajo este la forma más sencilla para conseguir que sus temas sigan manteniendo la esencia de sus años de fumadores de hierba a la par que mostrando la evolución musical de los “más grandes”. Tal vez por esto, por el sentirse algo más que meramente identificado con ellos, es por lo que ha firmado ya los derechos biográficos.

-Cántamelo, por favor
-No es el momento más indicado
(Diecisiete segundos -de silencio- más tarde, iniciaba la canción. Lógicamente, con previo aviso)
-Prométeme al menos que no te vas a reír

12.3.13

210.


Pasó de insistirle a cederle todo el tiempo que creyó oportuno. De golpe, de forma rotunda. Y se lo dijo, le informó de ello. Sinceramente, al principio, a el le descolocó un poco pues estaba ya demasiado acostumbrado a su actitud infantil y caprichosa pero, en el fondo, se sintió aliviado.

-Me gusta tu nueva forma de pensar
-¿Verdad? Sabía que el cambio sería para mejor

Ambos eran muy buenos jugadores en las partidas de sarcasmo contra ironía. Ambos sabían que lo que decían no era la verdad.
Ella estaba abandonando el “esfuerzo de tirar del carro” suponiendo que el dejarlo en manos de el implicaría un giro positivo al punto donde se encontraban. El estaba reconociendo, interiormente, que no habría una respuesta por su parte si ella ya dejaba, al completo, la situación en sus manos.

-¿Es así no? Todo a su debido momento
-Exacto, esa es la actitud



10.3.13

209.


-Eh, ¡tú! ¿Tienes algún problema con mi chica?
-¿Perdona? ¿Has dicho tú chica? No soy de tu propiedad Barlo
-No estoy hablando contigo, nena, si no con el imbécil que no deja de mirarte al escote
-¿Es a mi? Creo haber escuchado decirle que no es nada tuyo
-A ver, ¿cómo te lo explico? Esto es entre tu y yo. ¿Estás intentando algo con ella?
-¡Barlo para! No tienes ningún derecho a decirme con quién puedo tomarme una copa o dejar de hacerlo
-Ahí lo tienes, grandullón. Ella ha hablado
-Estás llegando a mi límite, capullo. ¿Quieres mantener esta charla fuera o prefieres ahorrarle trabajo al barman limpiando por él el suelo? Con tu cara claro...
-No, basta. Estoy harta de esta situación. Que a ninguno se le pase por la cabeza montar un numerito aquí. Y menos ahora. ¿Me he explicado con claridad?
-Perfectamente. Si tu “je-fe” nos deja, me encantaría seguir con nuestra conversación
-¿Vuestra qué? Bueno, creo que tu te lo has buscado, tío. Te lo has ganado solito. Nena, apártate de ahí, tengo un culo que patear.
-Si “nena”, apártate que lo que viene va a ser... ¿duro?
-¿Sabéis qué? Que os jodan, a los dos. Que os den, definitivamente, por el culo.

Le dio el último trago al vaso de la barra. Agarró su bolso y desapareció de escena. Recordándose a si misma que no todas las noches tienen un buen amanecer. Mas, no dejó la puerta del bar tras de sí sin antes rectificar:

-No, mejor hacedlo mutuamente. El uno al otro, daos por culo. Menudo par...

6.3.13

208.


Se suponía que el no le iba a fallar nunca, al menos era lo que constaba en su contrato, mas, cada día que pasaba, se sentía menos identificado con aquel trozo de papel que había redactado -años atrás- aquel pequeño-gran hombre que lo había descubierto al mundo. En la profesión que le ocupaba, la regla de oro es la que versa sobre “el conocimiento es directamente proporcional al éxito y, el desconocimiento a la muerte laboral”.

Aquella noche de marzo, ambos ebrios, se habían conocido por casualidad. De la misma forma, y bajo el ritmo del alcohol con hielo, se habían presentado, conocido, defraudado y llegado a un acuerdo laboral. Teniendo en cuenta lo rápido que pasan las horas nocturnas, todo esto había sucedido en la misma madrugada: todo un récord.

El caso es que, tras más de quince años después de aquel primer contacto, su pequeño-gran representante había contado con una confianza y amistad a las cuales no se le podían fijar límite. Y de pronto, sin explicaciones ni motivos aparentes, se encontraba solo, fumando lentamente un cigarro -el último del cartón- en su sucio descapotable negro, a pie de playa. Despedido.

4.3.13

207.


Tenía una manera especial de hacerlo. Como la totalidad de los pequeños infantes que paulatinamente aprenden a calzarse solos, ella también se tomaba su tiempo cuando el tema versaba sobre la perfecta colocación de unas medias. Y a mi... a mi eso me vuelve loco.

Diez minutos ya eran consumidos solamente por sus ojos, en lo que elegía el mejor color para cubrir sus morenas y largas piernas. Esa mañana, le había echado la mano a unas de un color marrón opaco. Seguro estuve, cuando la vi inclinarse sobre el cajón, que lo hacía para combinarlas con la nueva chaqueta -del mismo color- que le había regalado su hermana semanas atrás. Aunque, a estas alturas, me temo que también se debía su inclinación a otra cosa. Sabía que la estaba observado desde el lavabo.

Siempre había querido un tocador en la habitación; ella, claro está. Y yo, sinceramente, no entendía su utilidad, pues la genética jugaba en su favor. Además, le encantaba que su vestimenta fuese acorde al círculo cromático pero no le gustaban nada las cremas, los peines y, mucho menos, el rimmel. Realmente, para lo único que le sirve a día de hoy, es para apoyar un pie en el taburete -situado debajo del espejo del dichoso y preciso tocador- mientras se ayuda de ambas manos para subir las medias. Aunque, a estas alturas, considero que también le sirve para otra cosa, pues sabía que la observaba desde el lavabo.

Que tiene muchas manías es cierto, pero creo que la mejor de todas ellas es que siempre empieza a hacerlo por la pierna derecha -para todo- y luego pasa a la izquierda. No se fija en otra cosa que en el entramado serial de dedos, media y pierna mientras desliza suavemente el tejido a lo largo de sus muslos. Y a mi... a mi eso me descoloca.

Cuando el final de la susodicha prenda alcanzó esa mañana su cintura, bajó su pierna izquierda -la última siempre- y entonces si. Entonces se dio la vuelta y se miró, de frente y de lado, al espejo. Supongo que para comprobar que estaba todo en su lugar, algo que yo corroboré desde el lavabo, luego desde la entrada de la habitación y, posteriormente, sentado sobre el taburete del tocador.

Lo que más me gusta de esta manía tan especial que tiene con las medias, es que yo la comparto con ella pero al revés. Así, y como no podía ser de otra manera, esa mañana ambos llegamos tarde a trabajar. Y a mi... a mi eso...