4.3.13

207.


Tenía una manera especial de hacerlo. Como la totalidad de los pequeños infantes que paulatinamente aprenden a calzarse solos, ella también se tomaba su tiempo cuando el tema versaba sobre la perfecta colocación de unas medias. Y a mi... a mi eso me vuelve loco.

Diez minutos ya eran consumidos solamente por sus ojos, en lo que elegía el mejor color para cubrir sus morenas y largas piernas. Esa mañana, le había echado la mano a unas de un color marrón opaco. Seguro estuve, cuando la vi inclinarse sobre el cajón, que lo hacía para combinarlas con la nueva chaqueta -del mismo color- que le había regalado su hermana semanas atrás. Aunque, a estas alturas, me temo que también se debía su inclinación a otra cosa. Sabía que la estaba observado desde el lavabo.

Siempre había querido un tocador en la habitación; ella, claro está. Y yo, sinceramente, no entendía su utilidad, pues la genética jugaba en su favor. Además, le encantaba que su vestimenta fuese acorde al círculo cromático pero no le gustaban nada las cremas, los peines y, mucho menos, el rimmel. Realmente, para lo único que le sirve a día de hoy, es para apoyar un pie en el taburete -situado debajo del espejo del dichoso y preciso tocador- mientras se ayuda de ambas manos para subir las medias. Aunque, a estas alturas, considero que también le sirve para otra cosa, pues sabía que la observaba desde el lavabo.

Que tiene muchas manías es cierto, pero creo que la mejor de todas ellas es que siempre empieza a hacerlo por la pierna derecha -para todo- y luego pasa a la izquierda. No se fija en otra cosa que en el entramado serial de dedos, media y pierna mientras desliza suavemente el tejido a lo largo de sus muslos. Y a mi... a mi eso me descoloca.

Cuando el final de la susodicha prenda alcanzó esa mañana su cintura, bajó su pierna izquierda -la última siempre- y entonces si. Entonces se dio la vuelta y se miró, de frente y de lado, al espejo. Supongo que para comprobar que estaba todo en su lugar, algo que yo corroboré desde el lavabo, luego desde la entrada de la habitación y, posteriormente, sentado sobre el taburete del tocador.

Lo que más me gusta de esta manía tan especial que tiene con las medias, es que yo la comparto con ella pero al revés. Así, y como no podía ser de otra manera, esa mañana ambos llegamos tarde a trabajar. Y a mi... a mi eso...


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