6.3.13

208.


Se suponía que el no le iba a fallar nunca, al menos era lo que constaba en su contrato, mas, cada día que pasaba, se sentía menos identificado con aquel trozo de papel que había redactado -años atrás- aquel pequeño-gran hombre que lo había descubierto al mundo. En la profesión que le ocupaba, la regla de oro es la que versa sobre “el conocimiento es directamente proporcional al éxito y, el desconocimiento a la muerte laboral”.

Aquella noche de marzo, ambos ebrios, se habían conocido por casualidad. De la misma forma, y bajo el ritmo del alcohol con hielo, se habían presentado, conocido, defraudado y llegado a un acuerdo laboral. Teniendo en cuenta lo rápido que pasan las horas nocturnas, todo esto había sucedido en la misma madrugada: todo un récord.

El caso es que, tras más de quince años después de aquel primer contacto, su pequeño-gran representante había contado con una confianza y amistad a las cuales no se le podían fijar límite. Y de pronto, sin explicaciones ni motivos aparentes, se encontraba solo, fumando lentamente un cigarro -el último del cartón- en su sucio descapotable negro, a pie de playa. Despedido.

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