30.4.13

214.


Desde lejos, no se parecían en nada y ese era, sin ninguna duda, el punto clave que le atraía de él. El asunto se transformaba en algo todavía mejor desde cerca: existía mucha más distancia entre sus semejanzas.

Vale que debía admitir que ambos compartían el gusto por el carecer de este mismo. No eran de los que criticaban al resto de mortales por sus elecciones superficiales y exteriores y, tal y como “su ley” narraba: buscaban que se le aplicase el mismo precepto a ellos.

Divagando, comunicaba tener una personalidad fuerte, extrovertida -con aquellas personas que única y exclusivamente elegía- y, sobre todo, cínico: según él “en el buen sentido”.

En su día, esta afirmación fue la causante de una disputa que perdura en el tiempo.

Sinceramente, se desconoce si el detonante fue la acción de pronunciar las palabras mencionadas, de una forma tan sumamente estúpida, o el olor a tabaco de liar -barato e importado- que las acompañaba.

Hoy, la incredibilidad de dichas palabras sigue en aumento. Del olor ya no se sabe nada.

15.4.13

213.


Había hecho planes para esa noche (primer error). Tenía la corazonada de que nada podía salir mal, pues ya todo estaba ensayado desde hacía semanas, y con ese pensamiento -presente en su lóbulo frontal- partió hacia el “objetivo” que se había marcado.

Con la sangre recorriéndole las venas en forma de ansia, no pudo sujetar la tirante cuerda que ataba, al otro lado, al sigilo y no tuvo más remedio que comunicárselo a todos los conocidos que sabía que pasarían la noche en esa ciudad (segundo error).

De entre los posibles, entre todos los existentes en su armario, escogió el marrón (tercer error). Y, como no podía ser de otra manera, optó por el negro para un dúo armónico (ese fue el cuarto).

Tras la cena, si realmente aquello que tuvo lugar sobre la mesa puede denominarse con dicho término, las horas siguieron su curso: siempre hacia la derecha en la esfera del reloj. Sí, de agujas (error número cinco para algunos). Para no tirar por tierra su cronología ni hacer de su historia nocturna una lista de acciones a evitar en un futuro, no se enunciarán el resto de cosas que hizo mal al entrar y al salir de los bares que frecuentó mas, si es preciso mencionar el último. El definitivo de ese día (el número veintitrés): no se quitó los calcetines. Y el que no fuese con "su objetivo", no era una escusa lo suficientemente válida.

1.4.13

212.


Al fin y al cabo, no era una despedida. Bueno sí, si lo era pero no la primera y, seguramente, tampoco la última. Además, a su favor tenían el jugar con la ventaja de conocer la totalidad de las reglas y, aunque nunca contaba como “juego sucio”, también tenían el conocimiento de parte de lo que iba a suceder en un futuro.

Pese a lo que pudiese pensar el resto de eso que comúnmente se llama sociedad, no eran tan exigentes. Cada cuál viajaría en un transporte distinto, público siempre, como es lógico. Por el contrario, lo que no les hacía el viaje era justicia, pues el trayecto más duradero era también el menos confortable. El de una hora, escasa, ni se notaba para los más dolorosos de ciática.

¿Y después? ¿Qué vendría tras deshacer una maleta que prácticamente no se había tocado desde la llegada a casa? Hablando de oídas, tirando de suposiciones, era fácil pensar que verían, tras la esquina, la vuelta a la normalidad. La vuelta a esa normalidad, tan desconocida, como suelen decir aquellos que pecan de no entender el término en absoluto. Pero vamos, que no se trataría de cualquiera normalidad, vaya. Sino de la suya, de su normalidad.

Cafés por la mañana, hojas sueltas por la tarde. Prisas y acelerones a la hora de comer, escasas charlas después de cenar. Tal vez, si la jornada terminaba bien, unos guiños antes de acostarse. Mas, nada de esto les suponía problema alguno porque para eso tenían las ventajas anteriormente mencionadas. En un abrir y cerrar de ojos (vale, tal vez he pecado de minimalista y se necesitasen varios pestañeos) estarían nuevamente alrededor de la mesa de madera. Si, esa, esa en la que acabáis de pensar: la del final del pasillo, pero esta vez con vasos de cristal. Brindando por las cicatrices de más y las ausencias de menos, por los espasmos de amnesia matutina, las fechas de caducidad de las tarjetas y/o carnés y, sobre todo, por compartir más que color de pelo. Más que nombre.

Al fin y al cabo, no era una despedida. Bueno sí, si lo era pero no la primera y, seguramente, tampoco la última. Además, sabían que tenía que ser así y que lo bueno, siempre esperaba en el fondo de los vasos de cristal. Los tres que mantiene la mesa del fondo del pasillo. Si, la de madera.