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Al fin y al cabo, no era una despedida. Bueno sí, si lo era pero no la primera y, seguramente, tampoco la última. Además, a su favor tenían el jugar con la ventaja de conocer la totalidad de las reglas y, aunque nunca contaba como “juego sucio”, también tenían el conocimiento de parte de lo que iba a suceder en un futuro.

Pese a lo que pudiese pensar el resto de eso que comúnmente se llama sociedad, no eran tan exigentes. Cada cuál viajaría en un transporte distinto, público siempre, como es lógico. Por el contrario, lo que no les hacía el viaje era justicia, pues el trayecto más duradero era también el menos confortable. El de una hora, escasa, ni se notaba para los más dolorosos de ciática.

¿Y después? ¿Qué vendría tras deshacer una maleta que prácticamente no se había tocado desde la llegada a casa? Hablando de oídas, tirando de suposiciones, era fácil pensar que verían, tras la esquina, la vuelta a la normalidad. La vuelta a esa normalidad, tan desconocida, como suelen decir aquellos que pecan de no entender el término en absoluto. Pero vamos, que no se trataría de cualquiera normalidad, vaya. Sino de la suya, de su normalidad.

Cafés por la mañana, hojas sueltas por la tarde. Prisas y acelerones a la hora de comer, escasas charlas después de cenar. Tal vez, si la jornada terminaba bien, unos guiños antes de acostarse. Mas, nada de esto les suponía problema alguno porque para eso tenían las ventajas anteriormente mencionadas. En un abrir y cerrar de ojos (vale, tal vez he pecado de minimalista y se necesitasen varios pestañeos) estarían nuevamente alrededor de la mesa de madera. Si, esa, esa en la que acabáis de pensar: la del final del pasillo, pero esta vez con vasos de cristal. Brindando por las cicatrices de más y las ausencias de menos, por los espasmos de amnesia matutina, las fechas de caducidad de las tarjetas y/o carnés y, sobre todo, por compartir más que color de pelo. Más que nombre.

Al fin y al cabo, no era una despedida. Bueno sí, si lo era pero no la primera y, seguramente, tampoco la última. Además, sabían que tenía que ser así y que lo bueno, siempre esperaba en el fondo de los vasos de cristal. Los tres que mantiene la mesa del fondo del pasillo. Si, la de madera.

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