3.5.13

215.


Si tenía una virtud destacable esa era la de la vista. La buena vista.

Estaba a más de doscientos pies de distancia de su oponente -al menos del que semejaba como tal- y fue quién de divisar una recortada enfundada sobre su bolsillo derecho del desgastado pantalón verde.

No era una buena noticia pero tampoco algo fuera de lo normal teniendo en cuenda el contexto en el que se encontraba. Sin apartar la dirección de sus ojos de aquellas dieciocho pulgadas de plástico metalizado, intentó no moverse y conseguir que alguno de “los suyos” lo viesen detrás de aquellas frondosas ramas.

El novato, pese a su etiqueta de joven e inexperto, era en el que más confiaba. De seguro haría lo que estuviese en su mano -nunca mejor dicho- para conseguir ser alguien dentro de ese mundillo al que pretendía acceder. Al que soñaba con subirse. A los otros dos sabía que no podría convencerlos. No porque pecasen de testarudez o desobediencia, sino porque experimentados y con la especialización a cuestas eran conocedores de que, en ese preciso momento, no había solución alguna. Justo eran esos momentos, en los cuales nadie quiere figurar como “protagonista” pero si de figurantes que “se lo juegan todo” y adquieren el “rango”.

Si tenía una virtud destacable era la de la vista, la buena vista. Dentro de lo malo -el ser protagonista- mejor figurar como tal con una virtud resaltable.

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