15.5.13

216.


-¿La última?
-Tíos... no son horas de “la última”. Yo ya no me encuentro bien...
-Si tíos, nos son horas de tomarse la última. Si queréis que el amargado se quede tenéis que ofrecerle “la penúltima”... y no porque tenga un ímpetu extraño en continuar bebiendo, que eso bien se le ve que no...


El resto le rió la gracia, ella me miró con esa maldita mirada que solo pone cuando quiere matarte en silencio. Conmigo lo había conseguido, tan solo con dos frases. La única que conseguía seguirnos el ritmo a una pandilla de alcohólicos empedernidos, a la que no le importaba saludar a la mañana agarrada a una buena cerveza o entre el humo de múltiples cigarrillos. No se si estaría bien del todo -o mal del todo- decirlo pero era uno más de nosotros, contando con una ventaja: sabía lo que pasaba por mi cabeza cuando estaba borracho y, este, era uno de esos momentos.
Sería osado por mi parte hacer lo que quería hacer, más que nada porque conocía ya la respuesta, pero pretendía corroborar su respuesta. Era la única que sabía que yo no duraba más de un asalto sin la rubia de las botas de medio tacón y chaqueta de cuero usado, al otro lado de la barra. Era la única que sabía que ella, para lograr que abriese el día al lado de todos los demás, siempre me ofrecía las últimas bajo el rótulo de “la penúltima”.


-¿Por qué dices eso?


Me volvió a regalar la mirada que solo ofrece cuando comete asesinatos mudos pero, esta vez, con la diferencia de que la acompañó con un simple, y hasta atractivo, escupitajo de palabras. Las mismas que yo quería escuchar:


-Sabes que siempre es la penúltima

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