27.5.13

217.

He visto como la vida ha pasado por delante de mí sin notarla y eso no es bueno. He divisado, a lo lejos, cuán rápido se escapaba el tiempo entre las agujas del reloj y eso no es bueno. He dicho muchas cosas de las que he, luego, creído arrepentirme y eso no es bueno. He tenido la oportunidad de jugar con mis propias reglas y he tenido la mano de mi lado pero, en este caso, yo no he sido bueno.

Hoy, hace escasos minutos, he caído en la cuenta de que ya no podré usar más el verbo haber en su forma “he” seguido de un participio y me he puesto a escribirte... me he puesto a escribiros, a todos y a cada uno de vosotros. Todo este tiempo, habéis sido las minúsculas partes de todo un engranaje que yo debía supervisar diariamente y, no es bueno que, al final del día ya no tengáis ni un solo motivo por el que preocuparos. Cada uno de vosotros, cerrareis el informe del día y encauzareis las pocas horas libres, que os sobran por jornada, para invertirlas cómo buenamente podáis.

Tu harás una llamada al Hotserl, siempre pegado al teléfono, y sorprenderás a tu mujer con la cena que le llevas prometiendo más de dos meses. Tu tardarás más de hora y media intercambiando miradas con los que, por desgracia, tienen que usar el metro a horas tan altas de la madrugada, solo para llegar a tu apartamento y tumbarte en el sofá con una copa en la mano y un vinilo de música clásica al otro lado. Tu acabarás el segundo tomo de la trilogía más pesada, en mi inocente opinión, que se ha escrito este siglo. Y tu, pese a que seguramente pensarías que de ti me había olvidado, tu... tu tienes un par de razones a las que arropar y dar las buenas noches. A una de ellas incluso deberás recolocarle, muy despacio, la cabeza sobra la almohada una vez hayas intercambiado su incisivo por unas cuantas monedas.

Espero que todos, todos, logréis conseguir todo aquello que os he conseguido, creo al menos, inculcar y enseñar. Nunca es fácil escribir una carta de renuncia, y menos en este trabajo, pero siempre acaba por llegar ese momento -ya tan famoso- en el que los mayores dejan el carril abierto y libre para los más jóvenes. Esos, queridos colegas míos esos sois vosotros y, lo único que os quiero pedir (y que de alguna forma dejo dicho como último caso a resolver) es que no os defraudéis a vosotros mismos. A estas alturas sé que conocéis muchas cosas que el resto desconoce y, entre ellas, está eso de que el defraudar a los demás, incluso a los más cercanos, está sobrevalorado, pero... pero a uno mismo...

Hacedme el favor y no os defraudéis. Nunca. Porque eso es por lo que quiero que me recordéis siempre. Con esto, llego al último uso del verbo que antes nombré: he dicho, he dicho bien y eso, eso si es bueno.


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