30.5.13

219.

Por fin le había encontrado una utilidad reconfortante a aquella pequeña toalla que, seguramente años atrás -pues no tenía memoria ya con respecto a aquello-, le había regalado algún familiar despistado. Habría sucedido en una fecha señalada, seguro, porque sus iniciales estaban bordadas en uno de los extremos de la misma. Rosa, era rosa. Con lo que odiaba ese color... menos mal que se ahorraba el tener que verlo continuamente al doblar la tela y acomodarla entre su cuello y el extremo superior de la bañera.

Era una ocasión especial y, para ahorrarse futuros disgustos, se había atado la melena con antelación y arrojado el recogido hacia lo que no era el interior del baño. Lo hacía, simplemente, porque no le gustaba mojarse el pelo si no estaba dentro de sus planes.

La música lenta, proveniente de la habitación, no tenía nada que envidiarle al sonido desgarrante que emitía el chorro de agua caliente contra el fondo de la bañera. Caliente si, muy a tener en cuanta, puesto que el sonido que provocase de ser fría sería completamente diferente. Desde el momento en el que se había rociado el gel sobre su cuerpo, había mantenido la posición de todas sus extremidades en el interior de la bañera. No había provocado ni un solo cambio corporal, con la única finalidad de que la fuerza, con la que el agua la iba llenando, lograse reaccionar con las propiedades del jabón y fomentase una tormenta de burbujas.

A decir verdad, había que reconocer que todos y cada uno de los elementos participantes en aquel ritual estaban cumpliendo fehacientemente su cometido. La temperatura del agua estaba penetrando en su piel, cubierta por una capa clara de espuma; la toalla mantenía la curvatura de sus cervicales en la posición correcta, evitando daños innecesarios; y el sonido de las notas musicales, que el viejo disco de la habitación le transmitía, conseguían aislar sus pensamientos.

Llegado el momento oportuno, justo cuando la cantidad de líquido y jabón solo permitía divisar -bajo una visión frontal- sus rodillas, alzó la mano derecha para cortar la emisión de agua. Se acomodó, entonces, más de lo que había estado hasta el momento e introdujo ambas manos bajo la “manta de burbujas”. Con el momento oportuno entre sus dedos, rompió con la calma y posición corporales, haciendo que el manto horizontal que la cubría se tornase en pequeñas ondas. Pequeñas ondas continuas, acompasadas y reveladoras de lo que estaba teniendo lugar dentro del baño.


Algo más tarde, en cuanto la horizontalidad del agua había vuelto a su cauce y ella a su realidad, cayó en la cuenta de que la música lenta, proveniente de la habitación, ya había cesado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario