9.6.13

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Tenía un tic detestable, pie contra pie, que ocultaba gracias a que, las mesas en las que solía cenar, siempre estaban cubiertas plenamente por manteles de color granate. El color de la elegancia, según dicen. La verdad es que no deben de estar muy seguros -los encargados de la presencia hostelera-, cuando optan siempre por camuflarlo (o al menos quitarle importancia al croma) con un sobre-mantel blanco encima de nuestro protagonista: el granate.

El caso es que su tic, pie contra pie, era conocido ya por todos los que compartían mesa habitualmente con el. Era joven y esto no era preocupante. Vamos, que un tic no le preocupa a nadie con dos dedos de frente, es algo espontáneo e incontrolable. Una respuesta del cuerpo que él mismo decide y ejecuta. Lo que llamaba la atención era que a él esto se le anticipaba al momento al que su mano procedía a sujetar la copa, siempre de vino tinto: el más cotizado en los países fronterizos a los que viajaba “siempre, por negocios”. Y, llegado el momento -casualidades de la vida que siempre se diese con el final del segundo plato-, se levantaba y brindaba, a sus compañeros, unas palabras de aprecio y gratitud. Unas verbas a los que con el se sentaban a la mesa que acababan, noche tras noche, siendo compartidas con el resto de los presentes en el restaurante.

No es que el tic fuera preocupante ni es que a día de hoy esto cambiase y si lo sea, es solo una forma -rítmica- de amenizarles, a todos, la sobremesa: de hacerles más ligero el postre.


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