12.12.13

226.

En un último intento y, pese a que ya no confiaba mucho en sus débiles piernas, motivó a su cerebro para que la empujara a correr hacia sus compañeras. Al fin y al cabo, debía alcanzarlas si no quería quedarse sola en medio de la calle y sin compañía. Dicho así a cualquiera le podría parecer una decisión egoísta pero el caso es que las unas a las otras se habían prometido volver juntas a casa, a su casa, pero, para dejar brillar -y no por su ausencia- a la sinceridad, habría que admitir que habían perdido el reloj, que no la hora, varias horas atrás.
 
Fue entonces, justo cuando la pierna izquierda pretendía comenzar la carrera, cuando una mano unida a un antebrazo -congelada como las mañanas en Groenlandia- se solapó a su torso, desde la parte de atrás de su camisa. La verdad es que era culpa de ella, las prisas propiciadas con el cierre del local anterior y las contíguas por llegar al siguiente que permaneciese abierto, habían hecho que su memoria olvidase cerrar la cremayera de su cazadora.
 
Ante la situación descrita, cualquiera hubiese optado por darse la vuelta e irrumpir en el aurea espacial del "enemigo" pero, en esta ocasión, ella se lo tomó como una señal. No hacía falta saber la identidad del sujeto que la sujetaba, valga la redundancia. No hacía ni siquiera falta molestarse en abrir la boca y entonar dos o tres palabras con exaltación para realizar una prueba de ADN verbal. En ese momento, tan solo era necesario un pequeño movimiento ocular en vertical -sentido descendiente- para descubrir que, fuese de quien fuese, aquella mano helada portaba un reloj.
 
Y eso, realmente eso, era lo único que necesitaba.

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