26.1.14

228.

Parecía preguntarle “¿desde cuándo te me has vuelto incontrolable?” pero la verdad es que nadie estaba articulando palabra alguna. Obviamente, entre ambos, pues el resto de comensales a la mesa compartían una saludable discusión sobre las acciones en alza y las posibilidades de “inflarse cuál pez globo” con un treinta por ciento de suerte y un sesenta de ingenio. Entre tanto, los entrantes ya habían desaparecido de la mesa y los cinco pingüinos -del turno de noche- se veían obligados a aplicar el protocolo y a cambiar unos platos que bien podían pasar por limpios con una simple sacudida de servilleta. En fin, que durante este proceso, la gente se volvía para sonreírles (algunos mismo le acercaban la vajilla con su mano derecha para acelerar la actividad y sentirse autorealizados) y para dejar escapar un “gracias” de entre sus afilados dientes. Era la cena de las hienas.
Y ahí se encontraban ellos: en diagonal, con espacio de dos asientos y una mesa de madera de robusto roble de por medio. Esperando al primer plato, mirándose de arriba a abajo -lo que la mesa les permitía claro-. La espera no era fácil y menos aún cuando ella escondía sus manos por debajo del ángulo permitido por el mantel. Se intuía que era una señorita educada y con modales, los mismos que le hacían extender la servilleta de tela sobre las piernas para evitar accidentes, mas... él pecaba de imaginativo.
Se imaginaba cosas cuando la vía girarse hacia un lado para confirmar -con una pequeña sonrisa- lo que fuese que su compañero de mesa le decía. Se imaginaba cosas cuando agitaba el salero, con pequeños golpecitos, sobre las escasas cuatro hojas de lechuga que conformaban la ensalada servida en su plato. Ese conjunto de cosas seguía recorriendo su mente cuando el maldito cristal de la copa lograba una plaza entre sus labios y, más aun, cuando el sabroso vino que les habían servido, los lograba tocar. Los mojaba. Los atravesaba. Los...
Entre cosas y cosas figuraron, encima de aquella amplia mesa, un pescado azul acompañado de salsa verde y ensalada; una jugosa carne roja a la mostaza; y, en camino ya, su imaginación empezaba a activarse nuevamente cuando vio que en la punta del tenedor de ella figuraba un pequeño trozo de brownie cubierto de helado. Un helado que, gracias al calor del bizcocho de chocolate, se estaba derritiendo y bajando lentamente por la extensión del acero de las garzas del cubierto. En ese momento y desde su asiento, podría haber felicitado al cocinero por la elección de todo el menú y, sobre todo, por hacer que la imagen que iba a ver a continuación no tuviese precio incluso comparado con lo que tendría que pagar por toda la cena.
Justo ahí se dio cuenta de todo: no se imaginaba cosas, se imaginaba a ella haciendo cosas. Entonces... no era ella quién se había vuelto incontrolable sino que lo era la situación, en si misma.

-Disculpadme, necesito ir al servicio. Ahora mismo vuelvo

Minutos después, ella necesitó alcanzar el teléfono del bolsillo de su abrigo para hacer una llamada urgente a su despacho.




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Por cierto, a los que aun os preguntéis de qué trata el diez por ciento sobrante... arriba a la derecha, la pequeña cruz de la ventana... haced un click y abrid cualquier periódico (on-line o papel) en las páginas de política. Quiero decir... no, perdón, en la sección de economía. Si, eso, en la sección de economía.


22.1.14

227.

Para el, aquella “reunión de negocios” no se diferenciaba mucho de una simple noche semanal. Si lo hacía de la del fin de semana -pues en esta última abundaban las mujeres, el humo de los Habanos y la penumbra que el fuego de la chimenea proporcionaba-. Pese a todo, a que su cabeza empezaba ya a independizarse de sus acciones y a que presentía que el brote estaba cobrando vida nuevamente en él, se encontraba como un inútil pronunciando el tercer ofrecimiento de “¿un copa?” y, aun así, el acuerdo seguía sin clarificarse. No es que le importase mucho pero, a decir verdad, se estaba empezando a sentir bastante incómodo. Estaba abstrayéndose de todos los intentos que su invitado llevaba a cabo para captar su atención y eso, eso señores, es lo peor que a un hombre de negocios le puede pasar en su particular terreno. En su propia casa.
La previsión mental indicaba que, en escasos veinte minutos, de aquel oscuro reserva del 25 sólo quedaría el opaco vidrio y, ¿para qué mentir?, el tener que malgastar el sonido de un par de piedras cayendo sobre el vaso ancho que, posteriormente, bautizaría con un chorro del maltés The Macallan... no le hacía a nuestro anfitrión ninguna gracia. No en su casa.
 
Es más, sabía que la cosa se complicaría una vuelta más al pasar de “¿una copa?” a “¿un trago?”. El ambiente tornaría hacia un color más distendido y aquella rata, que gozaba del cálido confort de su sillón -para invitados, obviamente-, se haría a la idea de que los asuntos importantes podrían esperar un día, tal vez dos, más.
-Con mucho gusto

-Volviendo al tema central de nuestro encuentro ¿Qué sabe de las propiedades del Sur?
 
 
Ahora la copa ya aparecía aposentada en el reposabrazos del sillón de invitados y la rata aprovechaba el tiempo de goce del agrio sabor del vino recorriendo su tráquea para inventarse la que, seguramente, sería la última de las mentiras recitadas aquella noche.


-Pues, como ya le he explicado en varias ocasiones, de eso quería hablarle desde hace tiempo
 
 
¡Bingo! El mandamiento de todo aquel que pretende salvar su trasero: primero, hacer que el interlocutor se piense tonto “ya le he explicado en varias ocasiones” y, segundo, conseguir una posición adelantada en la guerra discursiva abierta “quería hablarle desde hace tiempo”.

Como ya se había vaticinado, cuando uno se abstrae de la conversación básica del encuentro... la cosa solo puede ir a mal. La rata seguía tirando de mandamientos para elaborar su exposición de motivos, pues no solo Dios tiene el secreto de los diez. Y él, desabrochando su chaleco, se acercaba al cristal de la estantería. Haciéndose a la idea de que aquel whisky acabaría por tomarle el relevo al tinto. Pero, en su trazado, se detuvo ante la mesita de los Habanos. Ya puestos ¿qué podía perder?
Con la caja en las manos, giró su cuerpo 180 grados y se dispuso a retomar su paso en sentido contrario. Abriendo la caja, para no perder tiempo, se dispuso a cortar a su invitado incitándole a fumar:

-¿Me acompaña?


Él, que como rata que era, ya se había dado cuenta de la grandeza de la caja, no dudó en utilizar preguntas estúpidas para alargar el placer del momento del ofrecimiento:

-¿Habanos? Vaya, soy un fiel seguidor de su sabor. Con mucho gusto le acompañaría





-¿Samuel?

-Dígame señor, ¿para qué me necesita?

-Encárguese de que el salón denote una presencia limpia e impoluta como la que tenía antes de la llegada de mi invitado

-¿Han llegado a algún acuerdo, finalmente?

-Por supuesto, Samuel. No tenía interés en contarme la verdad sobre mis tierras y simplemente le he facilitado la compostura de “no hablar”

 
La sangre que brotaba de su cuello reafirmaba sus palabras, dando fe del suceso. El sedoso pañuelo, con el que limpiaba la boca del cañón de su revólver, estaba dispuesto a acabar en el mismo bolsillo del cual lo había sacado. Y, mientras volvía a guardar el arma en aquella pulcra caja de puros, se sintió lo suficientemente generoso como para compartir con su criado aquella información:

-¿Sabe Samuel? Al final tenía yo razón, alguien que vive mintiendo también "se va" haciéndolo.

-Si señor, nunca dudé que esa fuese una gran verdad
 
-¿Verdad? Al fin y al cabo... ¿Quién malgasta un Habano entre semana?